miércoles, 24 de noviembre de 2010

LA CADENA MAGNÉTICA

Por: EL MISÁNTROPO

A los que duden de los rápidos adelantos hechos en este siglo llamado por nosotros del vapor, y que nuestros sucesores llamarán probablemente del humo, podríamos presentarles entre otras mil pruebas de su equivocación, los progresos del magnetismo animal. En efecto, aún no habían pasado muchos años desde que el doctor Mesmer (tachado de charlatán por la Academia de París de su tiempo) había puesto en planta sus famosas teorías, cuando ya se había inventado el medio de hacer innecesarias sus cubetas y sus varillas metálicas, consiguiendo por medio de sencillos pases ejercer la influencia magnética, que según Dumas, libra al alma de los lazos de la materia, haciéndola vagar por las regiones espirituales de la clarividencia, la adivinación y la omnisciencia. Aún no ha pasado un siglo y ya los Estados Unidos dieron a conocer al orbe civilizado el medio de comunicar movimiento por medio del magnetismo a objetos inanimados.

Siguiendo un orden establecido hace muchos años, apenas se publicó este descubrimiento en los periódicos franceses, fue acogido con entusiasmo en Madrid; apenas se publicó en los periódicos de Madrid, se acogió con entusiasmo en las provincias. La nuestra, esencialmente novelera, no tardó en practicar un experimento tan fácil en su ejecución, hoy tan fecundo para la aloyería en sus resultados. Así es que en los cafés, en las tertulias, en las posadas de los estudiantes, en todos los sitios donde se reunía gente, y hasta en el seno de las familias, todos se ocuparon en hacer bailar las mesas, los veladores, los cajones, los sombreros, las cestas, los platos. Esto era poco, y las conversaciones se ocuparon de un estudiante en quien el magnetismo causara un ataque de nervios espantosos; de una señorita que se había vuelto loca; de un ciudadano que había querido contrariar el movimiento magnético de una regadera, empeño que hubo de costarle la vida; esto era poco aún, y el magnetismo llegó al más alto punto de interés cuando se supo que los muebles magnetizados contestaban a las preguntas que se les hacían; cuando se aseguró que una sortija, o una llave de un reloj, suspendidas de un cabello, quedaban convertidas en pitonisas, que no necesitaban más trípode que ser introducidas en un vaso para adivinar el presente, el pasado y el porvenir.

Deseoso de ser testigo de algunos de esos prodigios, me dirigí una de estas noches a casa de una señora amiga mía, donde se iba a celebrar una cadena magnética. Cuando llegué, ya media docena de jóvenes de ambos sexos habían puesto manos a la obra, o más bien, manos a una cesta colocada sobre un veladorcito, que se había desechado por estar cubierto de hule, cuerpo muy mal conductor del fluido. Apoyados en los principios del Dr. Andrée, habían alejado del círculo a las mamás, para que no estorbasen la circulación de las corrientes. Dirigía la operación, con el reloj en la mano, un señor mayor, perteneciente a la secta de los creyentes, que yo llamaría mejor de los crédulos; el cual antes de llegar allí acababa de presenciar una porción de prodigios magnéticos. Había allí también una solterona, que en su interior se encomendaba a Dios, creyendo que en las cadenas magnéticas intervenía el diablo (en lo que acaso tendría razón). Hacía ya 17 minutos que estaban en tan variado ejercicio, aunque esta dilación provenía de que una señorita había roto involuntariamente la cadena para arreglar la manteleta, y el fluido se había escapado, porque uno de los jóvenes había juntado sus pies con lo de su vecina.

- No se acerque usted, no se acerque usted -me gritó el director apenas entré ne la sala, tan alarmado como si hubiese tratado de llegarme a una serpiente. Obedecí su insinuación y procuré observar desde lejos.

- ¡Qué pesada es esta cesta! -exclamó de allí a poco una de las señoritas de la cadena, ya mayor de edad y bastante desgraciada de figura, aunque yo no sé si lo que la pesaba era lo largo de la operación, o la conversación tirada y sottovoce que tenían sus vecinos con las jóvenes inmediatas.

- ¡Cá! -replicó el director- si no hace más que 19 minutos que se empezó.

- Es que usted aseguró que era cosa de cinco -observó una de las mamás.

- Por lo mismo ya deben tardar un poco.

- Acaso consistirá -añadió la señorita de antes- en que no será bueno hablar mientras la operación.

- Sí, eso es sin duda -dijo el director- mejor será que callen ustedes.

- Yo -respondió uno de los muchachos que hablaban- estaba convenciendo a esta señorita, de que ejerce mucho magnetismo sobre la…

- Bueno, bueno -interrumpió el director- pero basta de charla.

Las conversaciones particulares cesaron; pero en seguida todos dieron señales de fastidio, porque la inmovilidad de la cesta continuaba.

- ¡Cómo se ha de mover! -añadió el director al poco rato- si lo está impidiendo este señor. Ya le he dicho a usted que los pies han de estar separados.

La señorita mayor de edad se sonrió con esa sonrisa maligna peculiar de las mujeres. La joven vecina del interpelado estaba encendida, y su mamá arrugó el entrecejo.

- Ya se mueve, ya echa a andar -gritó el joven para sofocar el incidente, y en efecto echó a andar (el joven). Nos apresuramos a quitar las sillas, y la cesta dio dos o tres vueltas.

- Cuanto siento -exclamaba el director enternecido por el entusiasmo- no poder causar estos efectos. ¿Querrá usted creer -añadió en tono magistral dirigiéndose a mí- que la linfa que me produce mi obesidad me impide ejercer la influencia magnética? Cuantas veces me puse a ello, a pesar de conservar la mayor inmovilidad, nunca conseguí, ni sentir nada yo mismo.

- Lo creo, lo creo -le contesté.

Entretanto la solterona se había retirado a un rincón murmurando:

- Si fuera en mi juventud, cuánto tendría que hacer el Santo Oficio con tales brujerías. -Las mamás interesadas en el fenómeno se habían acercado a ver la cesta, que continuaba girando, pues el magnetismo se había desarrollado perfectamente.

- Mándenla ustedes ir más despacio o más deprisa -dijo el director. Se armó entonces tal algarabía de «aprisa, despacio, alto» que la pobre cesta debía verse en un apuro, hasta que predominó sobre las demás la fuerza… de voluntad del joven que había ocasionado el movimiento, y la cesta se meneó a su arbitrio.

- Ahora rompan ustedes la cadena por un momento. -Así se hizo, y la cesta quedó inmóvil; pero en seguida se negó a reanudar la pareja habladora, prestestando cansancio y mareo, y se retiraron a un lado a continuar su interrumpida conversación.

Me coloqué yo en su lugar, con lo que se arregló todo menos el movimiento de la cesta. A los tres o cuatro minutos sentí mis brazos cansados, y traté de doblar los codos sin romper la cadena; este movimiento produjo un ligero crujido en la cesta, que fue acogido con un entusiasmo imposible de describir: yo callé, porque no me gusta desilusionar.

La cesta continuaba inmóvil. El director entonces llamó al joven de antes, que ya estaba magnetizado, el cual bien a pesar suyo abandonó su sitio y formó cadena delante de mi. A los pocos segundos la cesta estaba otra vez en movimiento.

- ¡Bien! -exclamó el director- usted es la causa de esto. Debe usted ser muy nervioso.

- ¡Oh! mucho -dijo el muchacho, que era regordete, encarnado y alegre como unas pascuas. El director tenía razón; era tanta la influencia de aquel joven, que aunque rompí la cadena levantando por un momento y sin que nadie lo viese uno de los meñiques, la cesta continuó andando.

Se trató entonces de hacer preguntas; experimento que salió maravillosamente, pues la cesta levantándose del lado en que yo estaba, y hundiéndose en el del joven nervioso contestó exactamente cuántas personas estaban sobre ella, cuántas había en la sala, que hora era, etc. Contestó también poco más o menos la edad de las muchachas (las mamás y la solterona esquivaron esta pregunta); excepto a la señorita mayor de edad, a la que quitó seis años por lo menos, pero ella y todos nos dimos por satisfechos de que decía la verdad, incluso el director, que quedaría muy persuadido de que las cestas adquirían por el magnetismo sentimientos de urbanidad y galantería.

Se me ocurrió a lo mejor hacer la siguiente pregunta:

- ¿Cuántos cigarros tiene mi petaca? -El joven magnetizador por excelencia, me miró con una expresión indefinible que yo no quise comprender. Repetí a poco mi pregunta, y la cesta empezó a dar golpes que yo contaba impasible, hasta que al llegar al decimosexto me eché a reír y la cesta se detuvo.

Saqué mi petaca (petaca de estudiante) que solo contenía dos de esos trozos de caoba que expenden en los estanquillos por seis maravedises.

Este golpe inesperado produjo un conflicto magnético, que todos trataban de explicar menos yo que salí de la casa persuadido de que, así como la fe en religión puede hacer que se trasladen las montañas, la fe en el magnetismo puede hacer que giren los muebles.

Fuente: Álbum de la juventud: periódico científico y literario, Número 1 - 5 de junio de 1853
Nota: El texto ha sido ligeramente modificado para adaptarlo a un castellano más actual.

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Muchas gracias por leer mi blog. Supongo que le ha resultado interesante, puesto que ha llegado hasta aquí.