sábado, 11 de diciembre de 2010

Tratado de Metapsíquica de Charles Robert Richet (5)

§ II. -¿EXISTE UNA METAPSÍQUICA?

La pregunta que debe hacerse; ¿porqué, para muchos estudiosos, nada de lo que se alega en el campo del magnetismo y del espiritismo merece ser considerado seriamente? «No hacemos, dicen, una ciencia con cotilleos; o los relatos dispersos que usted hace no son más que cotilleos. Las alucinaciones, narradas con gran detalle por la gente ingenua, pertenecen al dominio de la alienación mental, y las representaciones, dadas por los médiums, a vulgares estafas. Los médiums que se pretenden dotados de propiedades sobrenaturales, y que dicen ser los intermediarios entre el mundo de los muertos y el mundo de los vivos, son unos alucinados o farsantes. Aunque se tomen precauciones contra la credulidad y el fraude, siempre se acaba por descubrir el error o el fraude. Ante comisiones de investigación con alguna autoridad científica, un hecho irrecusable de lucidez o de movimiento de objetos sin contacto jamás pudo estar establecido. Si eliminamos los azares, los errores de observación, las supercherías, no queda más de la supuesta metapsíquica que una ilusión inmensa. A medida que las condiciones son más rigurosas, los fenómenos se vuelven menos intensos, y finalmente se desvanecen. Una ciencia que se pretende experimental y se apoya en experiencias que no pueden repetirse, no es una ciencia. Ustedes afirman hechos extraordinarios, inverosímiles, que van en contra de todo lo que la ciencia ha reconocido hasta ahora como cierto, pero ustedes son incapaces de dar la prueba, porque hasta aquí esta prueba escapa a toda investigación metódica. No nos toca a nosotros demostrar que los hechos afirmados por ustedes son falsos, son ustedes los que tienen que demostrarnos que son verdaderos.»

«Y luego, aunque veíamos, estos hechos extraños, nos consideramos engañados o sometidos a ilusiones, pues ustedes se mueven entre impostores, y sus afirmaciones son demasiado absurdas para ser verdaderas.»

Tal es más o menos el lenguaje que usan los sabios honorables que niegan a la metapsíquica toda realidad. Si ellos tuvieran razón, este libro sería terriblemente innecesario, incluso ridículo. Podría titularse: Tratado de un error.

Pero por nuestra parte, como trataremos de dar una amplia evidencia, creemos que estos hechos, que son llamados ocultos porque son malinterpretados, existen.

Hemos leído y releído, estudiado y analizado los libros que se han escrito sobre este tema, y declaramos enormemente improbable, y hasta imposible, que hombres ilustres y honrados, como Sir William Crookes, Sir Oliver Lodge, Reichenbach, Russell Wallace, Lombroso, William James, Schiaparelli, Fr. Myers, Zöllner, A. de Rochas, Ochorowicz, Morselli, Sir William Barret, Ed. Gurney, C. Flammarion, y tantos otros, se hayan dejado de todo, cientos de veces, a pesar de sus conocimientos, a pesar de su vigilante atención, a ser engañados por defraudadores, y a ser víctimas de una asombrosa credulidad. No todos pudieron siempre ser tan ciegos para no percibir fraudes que debieron ser groseros; tan imprudentes para concluir cuando ninguna conclusión era legítima; tan torpes como para que nunca, ni los unos, ni los otros, hiciesen una sola experiencia irreprochable. A priori, sus experiencias merecen ser meditadas seriamente, y no rechazadas con desprecio1.

1. He aquí como se atreve a hablar un ilustre científico inglés, Lord Kelvin (citado por Fr. Myers, A. S. P., 1904, XIV, 365).


«Quiero rechazar toda surgimiento de una tendencia a aceptar esta miserable superstición del magnetismo animal, de las mesas giratorias, del espiritismo, del mesmerismo, de la clarividencia, de los raps (golpes acompasados). No hay un séptimo sentido de especie místico. La clarividencia y el resto son el resultado de malas observaciones, mezcladas con un espíritu de impostura voluntario, actuando sobre las almas inocentes y confiadas.»


Tal es el grado de ceguera al cual es conducido uno de los grandes espíritus de nuestro tiempo: no se digna a mirar, ni a estudiar, ni a tratar de comprender. Él lo niega. Es mucho más fácil.

La historia de las ciencias nos enseña que los descubrimientos más simples han sido rechazados, a priori, con el pretexto de que eran contradictorios con la ciencia. La anestesia quirúrgica fue negada por Magendie. El papel de los microbios fue dudoso durante veinte años para todos los académicos de todas las Academias. Galileo fue encarcelado por decir que La Tierra giraba. Bouillaud declaró que el teléfono no era más que ventriloquia. Lavoisier dijo que ninguna piedra puede caer del cielo, porque no hay piedras en el cielo. La circulación de la sangre sólo se aceptó después de cuarenta años de debates infructuosos. En un discurso pronunciado en 1827, en la Academia de las Ciencias, mi bisabuelo, P.-S. Girard, consideraba como una locura la idea de que pudiésemos llevar, a través de tuberías, el agua a los pisos superiores de una casa. En 1840, J. Müller afirmaba que jamás se podría medir la velocidad de los impulsos nerviosos. En 1699, Papin construía el primer barco a vapor. Cien años más tarde, Fulton volvía a hacer este mismo descubrimiento, y no fue reconocido como aplicable a la navegación hasta veinte años más tarde. Cuando, en 1892, fui guiado por mi ilustre maestro Marey, hacía mis primeras pruebas de aviación, encontré sólo incredulidad, burla y sarcasmo. Se podría escribir un libro entero narrando las tonterías que se dijeron en el momento de cada descubrimiento, contra ese mismo descubrimiento.

Tengamos en cuenta que no es esta cuestión del vulgo; -la opinión del vulgo es insignificante,- sino de sabios. Ahora los científicos piensan que han trazado los límites que la ciencia futura no podrá atravesar. Como dijo ingeniosamente C. Flammarion, «pasados al estado límite, ellos marcan el camino del progreso.»

Cuando dicen que tal o cual fenómeno es imposible, confunden muy desgraciadamente lo que es contradictorio con la ciencia, y lo que es nuevo en la ciencia. Hay que insistir, porque está allí la causa profunda del cruel malentendido.

Los cuerpos se dilatan por el calor. Entonces, si alguien viene a decirnos que el mercurio, el cobre, el plomo, el hidrógeno, en las condiciones habituales de nuestra experimentación, no se dilatan cuando se calientan, tendré el derecho de negar esta afirmación; porque él allí habrá caído en flagrante contradicción con los hechos observados, registrados y estudiados todos los días. Pero si se descubre un nuevo metal, y un sabio viene y nos dice que este nuevo metal, en lugar de dilatarse, se contrae con el calor, no tendré derecho a negarlo a priori. Por muy inverosímil que sea esta anomalía a las leyes de la física, deberé, so pena de una presunción de culpabilidad, verificar esta asunción singular, ya que se trata de una sustancia nueva, posiblemente diferente de otras.

Toda verdad nueva es de una extrema inverosimilitud. Ahora se presenta en cada momento en la evolución de las ciencias y, tan pronto como un investigador cualquiera emite una, suscita todas las indignaciones. En lugar de verificar, se le niega.

Claude Bernard dice que los animales fabrican azúcar. Entonces, en seguida, las objeciones se multiplican. «Es perturbador de la armonía de los seres vivos el admitir la formación de azúcar por los animales. Son los vegetales los que generan el azúcar, y los animales los que lo consumen. El azúcar que se encuentra en los organismos animales era azúcar aportado por la alimentación, o el resultado de una alteración cadavérica. En resumen, el azúcar no puede ser fabricado por un organismo animal.»

Sabemos en lo que estas frases se han convertido.

Supongamos que aún no se tuviera ningún conocimiento de las propiedades atractivas del imán, y que el imán fuese un cuerpo extremadamente raro, casi imposible de encontrar. Llega un viajero que, después de haber encontrado un imán, pero no pudiendo volver a encontrarlo, cuenta que vio un cuerpo que atrae al hierro. Su afirmación provocará una indignación y una denegación universales. ¿Por qué tiene el hierro esta propiedad que no posee ni el cobre, ni el plomo, ni ningún otro cuerpo? ¿Por qué un cuerpo que atrae? Jamás vimos nada semejante. Si fuese verdad, lo conoceríamos desde hace tiempo2.

2. Cuando se habló del contagio de la tuberculosis, un profesor de la Facultad de París dijo: «Si la tuberculosis fuese contagiosa, lo sabríamos.» Y la Academia de Medicina, casi unánimemente, en 1878, lo aprobó.

Todo lo que ignoramos parece siempre inverosímil. Pero las inverosimilitudes de hoy se convertirán en verdades elementales mañana.

Para no tomar sólo los descubrimientos casi contemporáneos, aquellos que debido a mi avanzada edad pude ver desarrollarse bajo mis ojos, voy a tomar cuatro que en 1875 parecieron monstruosos, absurdos e inadmisibles:
  1. Podemos oír en Roma la voz de un individuo que habla en París. (Teléfono);
  2. Podemos meter en botella los gérmenes de todas las enfermedades y cultivarlos en un armario. (Bacteriología);
  3. Podemos fotografiar los huesos de las personas vivas. (Rayos X);
  4. Podemos transportar quinientos cañones a través de los aires a una velocidad de 300 kilómetros por hora. (Aeroplanos).
El que, en 1875, hubiese emitido estas audaces afirmaciones habría sido tratado de loco peligroso.

Nuestra inteligencia es tal que sistemáticamente se niega a admitir lo que es inusual. Y, en efecto, al examinar bien los hechos que nos rodean, habría que contentarse con decir: hay habituales, y hay inhabituales. No deberíamos decir nada más. Sobre todo hay que abstenerse de crear dos clases de hechos: los que son comprendidos, y los que no son comprendidos. Porque de verdad no comprendemos nada, absolutamente nada, sobre ningunas de las grandes o pequeñas verdades más allá de la ciencia.

¿Qué es la materia? ¿Es continua o discontinua? ¿Qué es la electricidad? ¿La hipótesis del éter es comprendida por los que la profesan? Vemos una piedra caer al suelo cuando se la lanzó al aire: ¿comprendemos la atracción? Dos gases se combinan para formar un nuevo cuerpo que es totalmente diferente y en el líquido que se forma encontramos los mismos átomos que en los gases que combinamos: ¿hemos entendido? ¿Porqué un óvulo fecundado por cierto espermatozoide va a producir, según sus orígenes, un roble, un erizo de mar, un elefante, o un Miguel Ángel? ¿Porqué la araña teje su tela? ¿Porqué las golondrinas cruzan los mares? Estas maravillas no nos sorprenden, porque estamos acostumbrados. Pero hay que tener el coraje de reconocer que, por muy habituales que sean, son absolutamente un misterio.

Los hechos de la metapsíquica no son ni más ni menos misteriosos que los de la electricidad, los de la fecundación y los del calor. No son tan habituales; y ésta es toda la diferencia. La absurdidad de no querer estudiarlos sería enorme, so pretexto de que no son habituales3.

3. Pude comprobar un curioso ejemplo de las tonterías que el temor a lo inhabitual (neofobia) puede inspirar a un honorable científico. En la Exposición de 1900 en París, les presenté a los miembros del Congreso de Psicología a un niño de tres años y tres meses de edad, Pepito Arriola, español, que tocaba asombrosamente el piano, componía marchas fúnebres o guerreras, valses, habaneras, minuetos, y ejecutaba de memoria una veintena, y posiblemente más, fragmentos difíciles. Las cien personas del congreso lo oyeron y aplaudieron. Este pequeño pianista diminuto, verdadero prodigio de precocidad, lo hice venir a mi casa, y a mi salón, dos veces durante la jornada, una fue por la tarde delante de numerosas personas diferentes, tocó el piano, sobre mi piano, lejos de su madre... ¡Y el psicólogo americano, M. Scripture, anunció, cuatro años después, que había sido víctima de una ilusión, y que las melodías que había oído no fueron interpretadas por Pepito Arriola, demasiado pequeño para jugar, sino por su madre!... (Americ. Journ. of Psycology, 1905.)


La incredulidad llevada hasta este grado de aberración es digna de la credulidad del ilustre geómetra Chasles que le mostraba con orgullo una carta autógrafa -en francés- de Vercingétorix a Julio César. El escepticismo de M. Scripture es de la misma índole que la credulidad de M. Chasles.

Lo que es constante, es que los observadores y los autores que se ocuparon de la metapsíquica, tienen una tendencia muy lamentable a considerar sus observaciones como las únicas correctas, y a rechazar absolutamente a los otros. Así -salvo excepciones, desde luego- cuando se sabe mucho y se está exclusivamente ocupado en telepatía y en metapsíquica subjetiva, concedemos una gran importancia a la metapsíquica subjetiva y nos negamos a admitir los fenómenos de telequinesia y de ectoplasmia, por muy comprobados que estén.

Pude comprobar un curioso ejemplo de las tonterías que el temor a lo inhabitual (neofobia) puede inspirar a un honorable científico. Son bastante fáciles de satisfacer en lo que respecta a la transmisión mental, aunque ésta a veces sea bastante fácil de explicar por coincidencias; pero, tan pronto sea cuestión de fenómenos físicos, exigen pruebas imposibles, incluso cuando estas son innecesarias para la demostración.

Inversamente, tal experimentador, que creyó ver una materialización superficialmente estudiada, la considera como bien establecida, pero se muestra de una severidad exagerada y ridícula para las transmisiones del pensamiento o las materializaciones descritas por otros observadores, ¡posiblemente tan competentes como él!

Cuando un fenómeno es inhabitual, lo admitimos sólo si lo verificamos, incluso cuando estamos abiertos a nuevas verdades.

Parece que todos deberíamos ser menos personales, y que nuestra crítica, por severa que sea -y debería serla- debería de ejercitarse tanto, sino más, sobre nuestras propias experiencias, más que sobre las experiencias de los otros.

Si me permito criticar la mentalidad de los científicos sobre hechos de metapsíquica, es porque cometí el mismo error. No seguí los procedimientos de trabajo empleados para el estudio de otras ciencias. Antes de estudiar en los libros, experimenté. Comencé pues por hacerme una convicción personal (que no era basada en los libros). Fue sólo más tarde que leí y medité los trabajos de los experimentadores, los antiguos y los contemporáneos, que habían participado en dichas investigaciones. Entonces he quedado verdaderamente estupefacto ante al cantidad y el rigor de las pruebas. De modo que por mis experiencias y por las experiencias de otros acabé por adquirir la convicción profunda de que la metapsíquica es una ciencia, y una ciencia verdadera, y que hay que tratarla como tratamos a todas las ciencias, metódicamente, laboriosamente, piadosamente.

¡Pues bien! Estos fenómenos inhabituales son reales. 1.º Hay una facultad de conocimiento diferente de las facultades habituales. 2.º Hay unos movimientos de objetos diferentes de los movimientos habituales. Y sería terriblemente absurdo no querer estudiar los fenómenos inhabituales por los métodos que nos sirvieron tan afortunadamente para las otras ciencias, es decir, por la observación y por la experiencia.

Claude Bernard
Claude Bernard formuló admirablemente las diversas condiciones de las ciencias de la observación y de las ciencias de la experimentación. La metapsíquica participa de las unas y de las otras. A menudo es experimental, como la química y la fisiología; pero a menudo también se acerca a ciencias tradicionales, como la historia, puesto que a veces es forzada a apoyarse únicamente en el testimonio humano.

La parte experimental debe ser tratada como una ciencia experimental, con el desarrollo ordinario de los medios técnicos de investigación. Balanzas, fotografías, métodos gráficos, los metapsíquicos deben emplear todos los procedimientos de medida adoptados por los fisiólogos. No veo diferencia esencial en los métodos, excepto que el químico o el fisiólogo actúan con un material que pueden obtener fácilmente, mientras que, para hacer una experiencia metapsíquica, necesitamos un médium, un sujeto raro, frágil, eminentemente caprichoso, que hay que saber manejar con una finura diplomática siempre despierta. Pero, en cuanto la experiencia comience, ésta debe proseguir con el mismo rigor que una experiencia sobre la presión arterial o sobre el calor de combustión del acetileno.

En una experiencia, cualquiera que sea, no somos dueños absolutamente jamás de todas las condiciones. He aquí un axioma de método científico todavía más verdadero para la metapsíquica que para las otras ciencias. ¿Tal vez la oscuridad es necesaria, y el silencio (o el ruido)? ¿Tal vez hacen falta ciertas condiciones psicológicas todavía mal determinadas? Después de todo, esto es así cada vez que una ciencia se constituye. En la fase embrionaria ignoramos las condiciones necesarias para el desarrollo de los hechos que se tratan de probar. Y entonces, cometemos a cada instante, por ignorancia, errores groseros, y fracasamos, mientras que ingenuamente creíamos que habíamos reunido todas las condiciones para el éxito.

La metapsíquica, como ciencia de la observación y de la tradición, es rica en documentos de toda clase. Estos documentos son de valor prodigiosamente inigualable, y hay que saber elegir, separar el buen grano de la cizaña, ejercer una crítica severa. Pero condenar el método de la tradición sería absurdo. ¿Toda ciencia histórica no es hija de la tradición? ¿Y la medicina no ha sido, hasta Claude Bernard y Pasteur, una ciencia de la observación? ¿No lo es, en una buena parte, aún hoy en día? Una observación bien tomada, decía un gran fisiólogo, vale una buena experiencia. Es posiblemente exagerar un poco; porque la certeza que da una observación es siempre de menor calidad que la certeza dada por una buena experiencia. Sin embargo, las ciencias de la observación son a veces profundas y sólidas, y sería una locura tratar de rechazarlas.

Pero no hay razón para oponer un método al otro. Cuando la observación y la experiencia obtienen los mismos resultados, se confirman mutuamente.

Habrá pues siempre, en este libro, ya sea por la lucidez (criptestesia), ya sea por los movimientos de objetos (telequinesia), o por las materializaciones (ectoplasmia), dos capítulos: un primer capítulo de experiencias y un segundo capítulo de observaciones.

El método de experimentación es relativamente fácil, mientras que el método de la observación es de una extrema dificultad. Porque los documentos, demasiado a menudo, son cuestionables. Son numerosos, y hasta demasiado numerosos; la ciencia metapsíquica es complicada por el estorbo de las experiencias mal hechas y de las observaciones mal tomadas. Resulta que en lugar de ser, por aquellos que la cultivan, tratada con el rigor que le conviene a una ciencia, la metapsíquica ha sido contemplada por sus adeptos como una religión. Error grave, que tuvo consecuencias nefastas.

Los espiritistas quisieron mezclar la religión con la ciencia, y esto fue en gran detrimento de la ciencia.

No es que quiera culpar a los esfuerzos de los espiritistas. Esto sería de una ingratitud bastante siniestra. Mientras que los sabios oficiales, seguidos por la inmensa mayoría de los populares, rechazaban desdeñosamente, sin examen, y a menudo con una insigne mala fe, los trabajos de Crookes, de Wallace, de Zöllner, los espiritistas se apoderaron de ellos, y valientemente han apostado por su obra. Pero ahora, en lugar de hacer obra científica, hacen obra religiosa. Rodearon de misticismo sus sesiones, rezando, como si estuvieran en una capilla, hablando de regeneración moral, preocupándose ante todo de misterio, satisfaciéndose de conversar con los muertos, perdiéndose en divagaciones infantiles. No quisieron ver que las cosas de la metapsíquica no son en absoluto las cosas del más allá, y teniendo en cuenta que posiblemente no exista el más allá. El más allá los perdió: se ahogaron en teologías y teosofías pueriles.

Cuando un historiador estudia las Capitulares de Carlomagno, no piensa en el más allá; cuando un fisiólogo registra las contracciones musculares de una rana, no habla de esferas ultraterrestres; cuando un químico dosifica el nitrógeno de la lecitina, no se entrega a ninguna fraseología sobre las supervivencias humanas. Hace falta en metapsíquica hacer lo mismo, no soñar con los mundos etéreos, ni con las emanaciones anímicas; hay que permanecer en la tierra, ser sobrios con toda teoría, y preguntarse, muy humildemente, si tal o cual fenómeno que se estudia es cierto, sin pretender deducir de eso los misterios de nuestros destinos anteriores o posteriores.

Por ejemplo, cuando se estudia la criptestesia y cuando se busca si tal sensitivo, sin ningún signo por nuestra parte, va a dar el nombre que le viene a la mente, toda nuestra vigilante atención debe consistir en no dar ninguna señal, absolutamente ninguna señal, y en comparar las letras dichas por el sujeto con las letras del nombre que ha sido pensado, calculando la probabilidad de 1/25º, puesto que hay veinticinco letras en el alfabeto. Si se estudia la telequinesia, hay que sujetar los miembros del médium bastante sólidamente para que la mesa no pueda ser movida ni por sus manos, ni por sus pies, ni por un artificio cualquiera.

Ir más lejos no me interesa. Me apasiono por estas tareas modestas, que hay que tener el coraje de proponerse, sin meditar sobre la inmortalidad de las almas. ¡Que las observaciones valiosas, que las experiencias admirables hayan sido desnaturalizadas, deformadas, por la perpetua y peligrosa preocupación de construir las bases de una nueva religión! La religión espiritista es la enemiga de la ciencia. Y tomaría de buena gana, para el epígrafe de todos nuestros estudios, una expresión presente en La Biblia. Omnia in numero et pondere (Has dispuesto todas las cosas con número y peso), dice el Eclesiastés4. Principio admirable que se aplica a todas las ciencias, y que es la negación misma de la mística religiosa.

4. Nota del Búho Miope: Esta cita de La Biblia, realmente se encuentra en el Libro de la Sabiduría de Salomón, en lugar de en el Eclesiastés. Y realmente dice: Pero tú lo has dispuesto todo con medida, número y peso.

Si hiciera falta una religión, diríamos que era de la verdad, de la verdad totalmente desnuda, sin adorno, y sin palabrería. Comprobemos los fenómenos, tratemos de unirlos juntos por una teoría cualquiera, tan probable como posible, pero no sacrifiquemos jamás la teoría a los hechos, los cuales ciertamente son verdad, mientras que la teoría es probablemente falsa.

Por cierto, muchas veces los fenómenos metapsíquicos parecen incitarnos a conclusiones nubladas sobre la inmortalidad de los humanos, sobre las emanaciones de una voluntad desconocida, sobre la reencarnación, sobre los fluidos inteligentes que emanan de nosotros o de los muertos. Traté de defenderme -aunque no haya podido tener éxito por completo- contra las teorías prematuras. ¿Para qué sirvieron todos los gruesos libros de alquimia anteriores a Lavoisier? Él hizo más con su balanza que todas las disertaciones de Goclenius, de Agripa, de Paracelso. Si queremos que la metapsíquica sea una ciencia, comencemos por establecer fuertemente los hechos. Nuestros descendientes irán más lejos, no lo dudo, pero nuestra misión hoy es más humilde. Que la modestia de la moderación sea acorde con la ignorancia.

Y sin embargo, la metapsíquica, en ciertos aspectos, es apenas comparable a otras ciencias. Que se trate de metapsíquica subjetiva o de metapsíquica objetiva, los fenómenos parecen ser debidos a una inteligencia, mientras que no hay ninguna inteligencia en las manifestaciones diversas de la energía. Ciertamente, es posible que esta inteligencia, que aparece en las manifestaciones metapsíquicas, sea simplemente humana, pero entonces es una región de la inteligencia humana que nos es completamente desconocida; ya que nos revela cosas que nuestros sentidos no nos pueden revelar, y que actúa sobre la materia de otra forma distinta que por contracciones musculares. En todo caso, el dominio de las cosas metapsíquicas es diferente del dominio de las otras fuerzas, que muy ciertamente son ciegas e inconscientes. Posiblemente un día se probará que las fuerzas metapsíquicas, productoras de estos fenómenos, son también inconscientes como el calor o la electricidad. Entonces la metapsíquica volverá a los marcos de la física clásica, de la psicología clásica. Y será un progreso inmenso. Lejos de estar conmovidos o entristecidos por ello, estaremos más bien felices, porque hay un verdadero dolor intelectual, que nadie siente más vivamente que yo, asumiendo las fuerzas desconocidas, arbitrarias y caprichosas, como todo lo que es inteligente.

Pero ese día todavía no ha llegado, y provisionalmente concluiremos: 1º que los hechos de la metapsíquica son reales; 2º que hay que estudiarlos, sin inquietud religiosa, como se estudian otras ciencias; 3º que parecen dirigidos por inteligencias, humanas o no humanas, de las que captamos sólo fragmentariamente las intenciones.

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Muchas gracias por leer mi blog. Supongo que le ha resultado interesante, puesto que ha llegado hasta aquí.