martes, 30 de noviembre de 2010

Tratado de Metapsíquica de Charles Robert Richet (2)

El autor: Charles Robert Richet

Charles Robert Richet nació en París el 26 de agosto de 1850. Fue un fisiólogo, ganador del Premio Nobel de Medicina en 1913 por sus investigaciones sobre Anafilaxia. Murió en París el 3 de diciembre de 1935.

Sus estudios de Medicina fueron llevados a cabo en su ciudad natal, donde se graduó como Doctor en 1869. Se doctoró en Ciencias en 1878. Ese mismo año entra como Asociado de Fisiología en la Facultad de Medicina.

En 1887 se hace Profesor de la Cátedra de Fisiología en la Facultad de Medicina de París.

Asimismo, fue miembro y presidente de Sociedades Pacifístas (presidiendo congresos nacionales e internacionales), Secretario General de la Sociedad de Psicología Fisiológica, Secretario General del Primer Congreso Internacional de Psicología Fisiológica en París en 1889, Director de la Revue Scientifique y miembro de la Academia Nacional de Medicina en 1898.

Fue también co-fundador del Instituto Internacional de Psíquica y del Instituto Internacional de Psicología. Participó en la fundación de la rama francesa de la Sociedad para la Investigación Psíquica, de la que fue presidente en 1905.


Gana el Premio Nobel de Medicina en 1913 en reconocimiento a sus investigaciones sobre Anafilaxia. Lo nombran miembro de la Academia de las Ciencias en 1914.


Miembro fundador de la Sociedad Francesa de la Eugenesia, la cual presidió entre el período de 1920 a 1926.

También puede decirse de él que fue un excelente escritor, sociólogo, filósofo, psicólogo y curioso por todo, comenzando por el hombre.

Richet fue uno de los más representativos pioneros de la investigación llamada en su tiempo "metapsíquica", término que posteriormente fue sustituido por el acuñado por Max Dessoir: Parapsicología. Publicó sus conclusiones en su voluminoso "Tratado de Metapsíquica. Cuarenta años de trabajos psíquicos", así como "El porvenir, y la premonición", traducidos ambos al castellano por la Editorial Araluce: en 1923 el primero y en 1932 el segundo.

En la actualidad existen calles Charles Richet en muchas poblaciones de Francia, como por ejemplo en Villiers le Bel, Seneffe, Viarmes, París, Beziers y Montreuil. También varios hospitales llevan su nombre.

Fuentes:

domingo, 28 de noviembre de 2010

Tratado de Metapsíquica de Charles Robert Richet (1)

Quiero agradecer desde aquí a los hermanos Vázquez, Santiago y Fernando (Más allá de la realidad), mi renovado despertar por los fenómenos extraños. He de reconocer, que con sus programas de radio y sus actuales grabaciones en podcast, han logrado que vuelva a interesarme por hechos y sucesos que tal vez siempre me han sido atractivos por misteriosos y por apasionantes; y que desde luego siempre te hacen pensar, y en alguna que otra ocasión incluso, pasar algo de miedo.

Mi formación es científica, por dicho motivo me han enseñado a creer sólo en aquello que puede ser demostrado experimentalmente, y esto parece estar enfrentado con lo que aquí se va a exponer. No obstante, en mi niñez me tiene sucedido alguna cosa "extraña", que el transcurrir de los años, me ha llevado a pensar que fue una jugada de mi imaginación, pero que siempre deja un pequeño poso que te hace meditar sobre la existencia de algo más que este mundo "material".

La gran mayoría de los mortales somos creyentes, de una u otra forma, en un Ser Supremo. Sin embargo, al hablar con mucha gente sobre espectros, fantasmas, aparecidos... o en la vida en el más allá, dicen no creer en su existencia, que son malas jugadas de nuestro cerebro o de nuestra imaginación. Algunos de los conocimientos de la Física ya nos están mostrando desde hace tiempo (por lo menos desde mi punto de vista) que todo esto podría llegar a ser posible. Todo lo que detectan nuestros sentidos, las cosas que podemos ver, las que podemos tocar, por muy materiales que nos parezcan no son más que energía, energía que se transforma. Esto ya lo expresó Albert Einstein, magistralmente, con su famosa ecuación de relación de la masa con la energía. Hoy día estamos cansados de oír hablar del LHC, de los telescopios espaciales..., sin cuyos experimentos seguiríamos pensando que el universo es muy distinto a como nos imaginábamos. Estoy casi seguro que en poco tiempo llegaremos a alcanzar nuevos descubrimientos que trastocarán todas o casi todas las ciencias. Ya estamos viendo a los científicos hablar de nuevas dimensiones, de que tal vez nuestro mundo sea una holografía...

Por otra parte, cada vez aumenta más el número de casos en los que testigos cuentan sus experiencias sobre sucesos extraños. Estos me llevan a pensar que o bien mucho loco suelto existe en este nuestro mundo, o algo sucede realmente que debería ser investigado con total seriedad. No hagamos como el avestruz, enterrando nuestras cabezas para no ver. Tal vez lo que encontremos sea un mundo apasionante.

Llegados a este punto, y puesto que mis hermanos radiofónicos favoritos, no paran de hablarnos sobre el ya famoso libro "Tratado de Metapsíquica" de Charles Robert Richet, que tanto supuso para el ya desaparecido Profesor D. Germán de Argumosa y Valdés, y hoy día para ellos; me propongo ir subiendo a este blog la traducción del mismo, desde su versión francesa de 1922, puesto que dicho libro es difícil encontrarlo hoy día a la venta, y por más que lo he buscado en Internet, en castellano, no he dado con él. Supongo que el interés puede ser grande, y ya que lo traduciré para mí, ¿por qué no ponerlo a disposición de todo aquél que tenga interés en él? Seguro que me llevará un tiempo, por lo voluminoso, el ir traduciéndolo y subiéndolo, pero creo que vale la pena, y pienso que una de mis virtudes es la paciencia.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

LA CADENA MAGNÉTICA

Por: EL MISÁNTROPO

A los que duden de los rápidos adelantos hechos en este siglo llamado por nosotros del vapor, y que nuestros sucesores llamarán probablemente del humo, podríamos presentarles entre otras mil pruebas de su equivocación, los progresos del magnetismo animal. En efecto, aún no habían pasado muchos años desde que el doctor Mesmer (tachado de charlatán por la Academia de París de su tiempo) había puesto en planta sus famosas teorías, cuando ya se había inventado el medio de hacer innecesarias sus cubetas y sus varillas metálicas, consiguiendo por medio de sencillos pases ejercer la influencia magnética, que según Dumas, libra al alma de los lazos de la materia, haciéndola vagar por las regiones espirituales de la clarividencia, la adivinación y la omnisciencia. Aún no ha pasado un siglo y ya los Estados Unidos dieron a conocer al orbe civilizado el medio de comunicar movimiento por medio del magnetismo a objetos inanimados.

Siguiendo un orden establecido hace muchos años, apenas se publicó este descubrimiento en los periódicos franceses, fue acogido con entusiasmo en Madrid; apenas se publicó en los periódicos de Madrid, se acogió con entusiasmo en las provincias. La nuestra, esencialmente novelera, no tardó en practicar un experimento tan fácil en su ejecución, hoy tan fecundo para la aloyería en sus resultados. Así es que en los cafés, en las tertulias, en las posadas de los estudiantes, en todos los sitios donde se reunía gente, y hasta en el seno de las familias, todos se ocuparon en hacer bailar las mesas, los veladores, los cajones, los sombreros, las cestas, los platos. Esto era poco, y las conversaciones se ocuparon de un estudiante en quien el magnetismo causara un ataque de nervios espantosos; de una señorita que se había vuelto loca; de un ciudadano que había querido contrariar el movimiento magnético de una regadera, empeño que hubo de costarle la vida; esto era poco aún, y el magnetismo llegó al más alto punto de interés cuando se supo que los muebles magnetizados contestaban a las preguntas que se les hacían; cuando se aseguró que una sortija, o una llave de un reloj, suspendidas de un cabello, quedaban convertidas en pitonisas, que no necesitaban más trípode que ser introducidas en un vaso para adivinar el presente, el pasado y el porvenir.

Deseoso de ser testigo de algunos de esos prodigios, me dirigí una de estas noches a casa de una señora amiga mía, donde se iba a celebrar una cadena magnética. Cuando llegué, ya media docena de jóvenes de ambos sexos habían puesto manos a la obra, o más bien, manos a una cesta colocada sobre un veladorcito, que se había desechado por estar cubierto de hule, cuerpo muy mal conductor del fluido. Apoyados en los principios del Dr. Andrée, habían alejado del círculo a las mamás, para que no estorbasen la circulación de las corrientes. Dirigía la operación, con el reloj en la mano, un señor mayor, perteneciente a la secta de los creyentes, que yo llamaría mejor de los crédulos; el cual antes de llegar allí acababa de presenciar una porción de prodigios magnéticos. Había allí también una solterona, que en su interior se encomendaba a Dios, creyendo que en las cadenas magnéticas intervenía el diablo (en lo que acaso tendría razón). Hacía ya 17 minutos que estaban en tan variado ejercicio, aunque esta dilación provenía de que una señorita había roto involuntariamente la cadena para arreglar la manteleta, y el fluido se había escapado, porque uno de los jóvenes había juntado sus pies con lo de su vecina.

- No se acerque usted, no se acerque usted -me gritó el director apenas entré ne la sala, tan alarmado como si hubiese tratado de llegarme a una serpiente. Obedecí su insinuación y procuré observar desde lejos.

- ¡Qué pesada es esta cesta! -exclamó de allí a poco una de las señoritas de la cadena, ya mayor de edad y bastante desgraciada de figura, aunque yo no sé si lo que la pesaba era lo largo de la operación, o la conversación tirada y sottovoce que tenían sus vecinos con las jóvenes inmediatas.

- ¡Cá! -replicó el director- si no hace más que 19 minutos que se empezó.

- Es que usted aseguró que era cosa de cinco -observó una de las mamás.

- Por lo mismo ya deben tardar un poco.

- Acaso consistirá -añadió la señorita de antes- en que no será bueno hablar mientras la operación.

- Sí, eso es sin duda -dijo el director- mejor será que callen ustedes.

- Yo -respondió uno de los muchachos que hablaban- estaba convenciendo a esta señorita, de que ejerce mucho magnetismo sobre la…

- Bueno, bueno -interrumpió el director- pero basta de charla.

Las conversaciones particulares cesaron; pero en seguida todos dieron señales de fastidio, porque la inmovilidad de la cesta continuaba.

- ¡Cómo se ha de mover! -añadió el director al poco rato- si lo está impidiendo este señor. Ya le he dicho a usted que los pies han de estar separados.

La señorita mayor de edad se sonrió con esa sonrisa maligna peculiar de las mujeres. La joven vecina del interpelado estaba encendida, y su mamá arrugó el entrecejo.

- Ya se mueve, ya echa a andar -gritó el joven para sofocar el incidente, y en efecto echó a andar (el joven). Nos apresuramos a quitar las sillas, y la cesta dio dos o tres vueltas.

- Cuanto siento -exclamaba el director enternecido por el entusiasmo- no poder causar estos efectos. ¿Querrá usted creer -añadió en tono magistral dirigiéndose a mí- que la linfa que me produce mi obesidad me impide ejercer la influencia magnética? Cuantas veces me puse a ello, a pesar de conservar la mayor inmovilidad, nunca conseguí, ni sentir nada yo mismo.

- Lo creo, lo creo -le contesté.

Entretanto la solterona se había retirado a un rincón murmurando:

- Si fuera en mi juventud, cuánto tendría que hacer el Santo Oficio con tales brujerías. -Las mamás interesadas en el fenómeno se habían acercado a ver la cesta, que continuaba girando, pues el magnetismo se había desarrollado perfectamente.

- Mándenla ustedes ir más despacio o más deprisa -dijo el director. Se armó entonces tal algarabía de «aprisa, despacio, alto» que la pobre cesta debía verse en un apuro, hasta que predominó sobre las demás la fuerza… de voluntad del joven que había ocasionado el movimiento, y la cesta se meneó a su arbitrio.

- Ahora rompan ustedes la cadena por un momento. -Así se hizo, y la cesta quedó inmóvil; pero en seguida se negó a reanudar la pareja habladora, prestestando cansancio y mareo, y se retiraron a un lado a continuar su interrumpida conversación.

Me coloqué yo en su lugar, con lo que se arregló todo menos el movimiento de la cesta. A los tres o cuatro minutos sentí mis brazos cansados, y traté de doblar los codos sin romper la cadena; este movimiento produjo un ligero crujido en la cesta, que fue acogido con un entusiasmo imposible de describir: yo callé, porque no me gusta desilusionar.

La cesta continuaba inmóvil. El director entonces llamó al joven de antes, que ya estaba magnetizado, el cual bien a pesar suyo abandonó su sitio y formó cadena delante de mi. A los pocos segundos la cesta estaba otra vez en movimiento.

- ¡Bien! -exclamó el director- usted es la causa de esto. Debe usted ser muy nervioso.

- ¡Oh! mucho -dijo el muchacho, que era regordete, encarnado y alegre como unas pascuas. El director tenía razón; era tanta la influencia de aquel joven, que aunque rompí la cadena levantando por un momento y sin que nadie lo viese uno de los meñiques, la cesta continuó andando.

Se trató entonces de hacer preguntas; experimento que salió maravillosamente, pues la cesta levantándose del lado en que yo estaba, y hundiéndose en el del joven nervioso contestó exactamente cuántas personas estaban sobre ella, cuántas había en la sala, que hora era, etc. Contestó también poco más o menos la edad de las muchachas (las mamás y la solterona esquivaron esta pregunta); excepto a la señorita mayor de edad, a la que quitó seis años por lo menos, pero ella y todos nos dimos por satisfechos de que decía la verdad, incluso el director, que quedaría muy persuadido de que las cestas adquirían por el magnetismo sentimientos de urbanidad y galantería.

Se me ocurrió a lo mejor hacer la siguiente pregunta:

- ¿Cuántos cigarros tiene mi petaca? -El joven magnetizador por excelencia, me miró con una expresión indefinible que yo no quise comprender. Repetí a poco mi pregunta, y la cesta empezó a dar golpes que yo contaba impasible, hasta que al llegar al decimosexto me eché a reír y la cesta se detuvo.

Saqué mi petaca (petaca de estudiante) que solo contenía dos de esos trozos de caoba que expenden en los estanquillos por seis maravedises.

Este golpe inesperado produjo un conflicto magnético, que todos trataban de explicar menos yo que salí de la casa persuadido de que, así como la fe en religión puede hacer que se trasladen las montañas, la fe en el magnetismo puede hacer que giren los muebles.

Fuente: Álbum de la juventud: periódico científico y literario, Número 1 - 5 de junio de 1853
Nota: El texto ha sido ligeramente modificado para adaptarlo a un castellano más actual.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Creencias Asturianas


Por: Tomás Agüero

La relación de las creencias que antiguamente en el hogar paterno entretenían y eran admiradas en las largas noches de invierno por los hijos de la romanesca España, van perdiéndose en un caos, y en vano la pluma del curioso trata de sacarlas del olvido en que yacen sepultadas.

La voluptuosa Perí del Oriente; la hechicera de la Francia que habita los arruinados castillos; las atolondradas Frairies de las montañas de Escocia, que bailan por la noche a la luz de la luna y extravían de su camino al pobre aldeano; las Fées y las Ondinas de la sensata Alemania; la Banshel de la Irlanda que predice gimiendo la muerte de la familia a quien los lazos misteriosos está unido: todas ellas, todos esos seres que participan de la naturaleza de los espíritus, los encontramos también en nuestra Asturias, en el fondo de sus bosques, en los riscos de nuestras montañas, o bien vagando entre las ruinas de sus antiguos castillos. Las xanas, las huestias, los ñuberos, el moro, son una fuente inagotable de poesía.

Consagremos algunas páginas de nuestro periódico a dar a conocer a nuestros lectores las leyendas y tradiciones del país.

Las xanas son unas ninfas hermosas, blancas como la nieve, que coronan las altas montañas de Asturias; sus cabellos de oro caen en rizos por su cuello; sus negros ojos tienen un brillo que fascina, y su diminuta y desnuda planta vaga ligera, ora sobre las picudas rocas, o ya sobre los punzantes espinos que crecen en los desiertos bosques. Cuando alguno las llega a ver, ligeras como el céfiro que acaricia las delicadas flores en la dulce primavera, vuelan a esconderse en las recónditas cuevas. Huyen del silencio de la noche, y sólo cuando la alborada va apagando los sublimes fulgores de las estrellas, salen de sus grutas; así cuando en el Oriente aparece el astro del día, corren también veloces a ocultarse. Las xanas suelen tener sus cuevas siempre a la orilla de un límpido arroyuelo, o junto al sitio donde brotan los cristales de una fuente; no falta también quien asegure que en el fondo de los mismos ríos tienen sus grutas, y que en ellas crecen las delicadas rosas que exhalan dulcísimos olores, a la par de la espinera llena en invierno y en el verano de su aromática flor. Los ruiseñores, el mirlo y la calandria, revolotean entre ellas arrullándolas con sus dulces gorjeos, y los rayos del sol, penetrando por las aguas, alumbran su florida estancia.

Las xanas se ocupan todo el año en tejer madejas de oro: en las mañanas de San Juan salen todas juntas, llegan a la orilla de una fuente y las lavan allí con los blancos copos de espuma que se forman al chocar la corriente contra las orillas de su arenoso cauce. Este día no huyen como todos a la salida del sol; al contrario, tienden sus madejas para que las seque con el calor que despide el abrasado disco. Poco a poco con su influencia van tomando brillo particular: mientras esto sucede, las xanas coronadas de rosas danzan festivas alrededor de ellas, con el cansancio de un vivo carmín colora sus mejillas, y aquel carmín bajo el negro de sus ojos y sobre su tez tan blanca, las hace aparecer mucho más bellas y hermosas. Cuando el sol ha secado sus madejas, gozosas las recogen y se encaminan a sus grutas; entonces en cada sitio donde al andar posan su ligero pie, nace una flor que se conoce porque exhala de su corola una esencia mucho más delicada que la de las demás flores. ¡Afortunado el hombre que tenga la dicha de encontrar una de estas y llevarla siempre sobre su corazón; en todo aquel año los disgustos no amargarán su venturosa existencia! En una montaña en que al lado de una fuente hay una gruta de xanas, sucedió que un pobre labriego llegó a ella, guiado por la curiosidad y por el ansia de coger una de esas mágicas flores. Escondido bajo un corpulento roble esperó la mañana; las xanas salieron, lavaron sus madejas, las tendieron, danzaron en torno de ellas y luego se dirigían a su gruta. El labriego se quedó estupefacto al contemplar su hermosura, y hasta tal punto se sorprende, que quebrantando el propósito que llevaba de permanecer escondido, dio un paso hacia ellas. Las xanas le vieron y escaparon; él que en una flor quería buscar su felicidad, ni reparó en donde aquellas hermosas ninfas en su huida ponían su diminuto pie. Llegaron junto al roble y junto a él manaba una solitaria fuentecilla; a su borde se elevaban unos espesos matorrales, y allí tenían las xanas su cueva; penetraron por su abierta boca, pero tan deprisa, que unas a otras se impedían la entrada; entonces nuestro hombre se abalanzó hacia ellas cogió un hilo de una madeja, las ninfas escaparon, y él devanaba, devanaba sin interrupción un gran ovillo de oro; cuando éste se hizo bastante grande se le enredó la hebra en un espino; en tan apurado trance el labriego clamó un ¡ay Dios mío! y como por encanto el hilo se rompió, los matorrales se juntaron, y él quedó gozoso con su enorme ovillo que le hizo rico por toda su vida y feliz si en el oro consiste la felicidad.

No se encuentra fuente por lo regular en donde no hay una o más de estas ninfas. Todas son a cual más hermosas; siempre suelen llevar su cabellera de oro sujeta con una cinta formada de variadas flores. Algunos casos, que como el que hemos presentado ya han sucedido, y entonces observándolas se ha notado que entre ellas había una que aventajaba a las demás en estatura; ésta no danzaba con ellas, sino que risueña las miraba, y al pasar las demás por delante de ella, hacían una pequeña inclinación, a que respondía con otra igual y con una graciosa sonrisa: esto ha dado motivos a creer que entre las xanas hay una que tiene en algún modo domino sobre las demás. En las huidas siempre va la primera marcándolas el camino. A ésta la suelen llamar la xana mayor o la reina de las xanas.

Fuente: Álbum de la juventud: periódico científico y literario, Número 1 - 5 de junio de 1853
Nota: El texto ha sido ligeramente modificado para adaptarlo a un castellano más actual.