miércoles, 9 de febrero de 2011

Tratado de Metapsíquica de Charles Robert Richet (13)

§ III. -ERRORES DE OBSERVACIÓN

El cálculo de probabilidades es de una aplicación muy fácil, y no hay alumno que no sea capaz de resolver los pequeños problemas de aritmética elemental que supone, por lo menos en metapsíquica. Pero, como los cálculos mismos son simples, todas las precauciones que hay que tomar para una observación irreprochable son numerosas, delicadas, exigiendo una atención constante, siempre teniendo que estar alerta.

Voy a intentar dar algunos preceptos con este fin: para que no se pueda exagerar la importancia de toda experimentación rigurosa. Evitar las ilusiones, probablemente es el capítulo fundamental de la metapsíquica subjetiva.

1.º Errores de memoria. -En primer lugar, desconfíe de su memoria, tanto como de la memoria de los demás. En realidad, para la metapsíquica subjetiva por lo menos, no hay muchos mentirosos, engañadores, tramposos; pero el número de los que cuentan mal una historia y la arreglan involuntariamente, modificando y alterando las frases, las respuestas, los detalles, las fechas, las horas, las palabras pronunciadas, este número es enorme aquí. Todos somos cuestionables. En estos asuntos no me fío de nadie, ni siquiera de mí. Cuando uno se deja seducir por la hipótesis de la lucidez, a pesar de si exponemos con complacencia tal o cual hecho, pasamos ligeramente sobre los detalles contradictorios, omitiendo los detalles embarazosos, insistiendo desmesuradamente en los detalles favorables. Una palabrita ignorada; una palabrita añadida; y esto provoca cambios profundos en la conclusión que se va a poder extraer.

A fuerza de contar a su alrededor una historia, la transformamos, la amplificamos, la desnaturalizamos (con toda la buena fe por otra parte), y obtenemos unos resultados extravagantes, pero falaces.

Hay que tener absoluta confianza únicamente en la historia escrita inmediatamente después del acontecimiento. Ésta es la historia que cuenta. En varias ocasiones, cuando nos cuentan una historia, si uno llega a ver algún día la historia escrita antiguamente, a menudo podremos comprobar que ésta operó en la memoria transformaciones sucesivas, que, añadiéndose unas a otras, acabaron por hacer la historia contada bastante diferente de la historia escrita. Digámonos constantemente que la memoria es muy infiel. No hay un sólo observador que pueda prescindir de escribir, inmediatamente después de un experimento, los detalles de todo este experimento.

Julian Ochorowicz
Y jamás damos suficientes detalles. Las más mínimas circunstancias son importantes para precisar. No hace falta sobriedad en las notas que se toman. Es todo lo contrario a una obra que se dedica a la publicidad. Hay que ser prolijo, largo, y fatigoso. La profusión de detalles jamás deben faltar en las historias que se escriben a partir de sus notas personales. En realidad, pecamos siempre por exceso de concisión. Todo tiene que anotarse. E incluso es útil cuando varias personas asistieron a un experimento, que cada una de ellas escriba la historia de lo sucedido. En los experimentos que hice sobre Eusapia con Ochorowicz, me había declarado a favor, con el fin de que todos los detalles se consagraran sin alteración, de dictar, durante el mismo experimento, a un secretario colocado en un rincón de la sala, todas las circunstancias que acompañaban cada fenómeno, y es lamentable que no se pueda actuar siempre así.

Por lo tanto las historias sobre hechos pasados, que se refieren a experimentos antiguos, que no fueron consignados por escrito, jamás pueden tener un valor que no fuere mediocre.

Lo que es valioso, es la conclusión que presenta el experimentador en el mismo momento del experimento, sobre todo si este experimentador sabe observar bien. La opinión que se apoderó de él durante la misma experiencia, cuando todas las circunstancias se presentaban intensamente a su espíritu, prevalecerá mucho más que una historia contada diez o veinte años después.

En efecto, casi siempre, cuando hacemos un experimento, y cuando se continúa, llevamos a cabo, mientras que se prosigue, una síntesis rápida de todas las condiciones ambientales, para formarnos una convicción personal, más bien intuitiva que razonada, pero, sin embargo, muy importante. Muchos detalles pueden escaparse de nuestra memoria, pero queda el recuerdo de nuestra convicción.

Por mi parte, puedo añadir gran peso a esta convicción del momento (convicción, apreciación que será bueno poner por escrito en nuestras notas inmediatamente después del experimento), porque nos veremos más tarde, y generalmente, sin razón, a consecuencia de las deficiencias de la memoria, movidos a modificar nuestra primera impresión bien en el sentido del escepticismo, bien en el de la credulidad, lo que también será lamentable.

Concluyamos que una gran parte de los errores de observación es debida a la insuficiencia de los documentos inmediatamente escritos, y a la imperfección de los recuerdos.

2.º En el curso del mismo experimento, es necesario que la atención se centre en todas las circunstancias, incluso en las que parecen las más indiferentes. Si se trata de metapsíquica subjetiva, cada una de nuestras palabras debería ser reflexionada, cada una de nuestras acciones debe ser medida. La más mínima de nuestras expresiones faciales, un suspiro o una sonrisa, una interjección banal, un ligero movimiento de la mano, un signo, por muy imperceptible que sea, de satisfacción o de impaciencia, o de descontento, o de sorpresa, todo es capaz de encaminar al médium, y no hay que concederle ni el indicio más débil.

Todo esto es muy difícil. Para llegar a la impasibilidad absoluta, es necesario un largo estudio. Hasta me imagino que, si los experimentos de telepatía parecen tener éxito mucho más a menudo que los experimentos de lucidez simple, es sobre todo porque, para la telepatía, como se conoce la respuesta que hay que obtener, se ayuda involuntariamente a esta respuesta, mientras que, si se trata de lucidez simple, ninguna ayuda al médium puede ser aportada. No corregimos sus errores, sus balbuceos. ¡Por desgracia! en general, tan pronto como sabemos la palabra que debe ser dada, tan pronto como esperamos, llenos de esperanzas, una respuesta, somos bastante poco dueños de nosotros, y bastante torpes para dejar ver, cuándo la respuesta comenzó, cuándo comienza bien o cuándo comienza mal.

Con los experimentos de mesa sobre todo, las precauciones deben ser extremas. Por cierto, los movimientos de la mesa suelen ser debidos en general sólo al médium, pero los asistentes, si también tienen las manos sobre la mesa, pueden, ejercer mecánicamente alguna acción sobre sus elevaciones o sobre sus convulsiones. La más ligera presión basta para descubrir los pensamientos de los que apoyan sus manos en la mesa. Entonces, hay que repetirse siempre que los médiums, con o sin conciencia, mantienen constantemente su atención muy despierta; que acechan todo lo que pudiera ser un indicio revelador de la palabra, de la frase, o de la idea que buscan. Nada se les escapa; las presiones más débiles ejercidas sobre la mesa se convierten en signos que saben interpretar con habilidad. Esta perspicacia de los médiums no es de ninguna manera un fraude; por sus interpretaciones, deducciones, observaciones, conclusiones, evolucionan en el dominio del inconsciente. Ellos no distorsionan menos los resultados, que si hubiese repetidas tentativas de fraude.

Así que no es admisible, cuando se quiere hacer un experimento serio de lucidez, dejar tocar el objeto móvil que debe dar las respuestas, a un individuo que conoce la respuesta que se trata de dar. Me he sorprendido a menudo por la increíble credulidad de ciertas personas que se asombraban ingenuamente por las respuestas extravagantes que le daba la mesa. ¡Sí! sin duda estas respuestas eran exactas, pero de ninguna manera asombrosas, ya que era el interrogador mismo quien las daba. Muchos experimentos de metapsíquica subjetiva están en este caso, porque a nadie le preocupa jamás bastante el sustraer de la vigilancia del médium la cara, los gestos, las palabras de la persona que sabe la respuesta que debe proporcionarse.

Hace falta, en suma, un tacto exquisito para no dejarse seducir por las apariencias. Un buen experimento de metapsíquica subjetiva es de extrema dificultad. Sólo podremos obtenerlo desconfiando de todo y de todos, y sobre todo de si mismo. Nuestro deseo extremo de ver el experimento tener éxito no debe llevarnos a cometer errores a nosotros mismos.

3.º Mucho fraude es común en la metapsíquica objetiva, pero es raro en la metapsíquica subjetiva; porque supongo que, desde luego, jamás se consentirá en experimentar con individuos manifiestamente falsos. La buena fe de los asistentes y del médium es completa la mayoría de las veces.

Pero ésta hipótesis de la buena fe de los operadores no debe en nada disminuir la severidad de las precauciones que hay que tomar. Constantemente debemos actuar como si los médiums determinaran defraudarnos. Y en efecto, si la buena fe consciente es la regla, la mala fe inconsciente es la regla también. Todo médium hace, por un trabajo inconsciente que no le cansa, esfuerzos desesperados para encontrar una respuesta favorable, y emplea todos los medios posibles para encontrarla.

Pido el nombre del hermano de Marguerite, por ejemplo. Puede ser, que antes, en un momento dado, la médium me oyese decir que Marguerite tenía un hermano que fue uno de mis amigos. Entonces su cerebro funcionará para encontrar entre mis amigos, y conoce posiblemente sus nombres (?), Henri, Louis, Charles, Gustave, Paul, Gaston, Lucien, Robert, si se encuentra el que es el hermano de Marguerite. Por ciertos detalles que su inconsciencia retuvo, sabe que Louis, Henri y Charles no tenían hermana. Quedan pues cinco nombres solamente, y entonces, si, durante el interrogatorio de la mesa, se deja, sin decir una palabra o un gesto, pasar las letras del alfabeto hasta la R, quedará sólo un nombre, Robert: por lo que dirá Robert. Si no soy exigente, encontraré la respuesta muy satisfactoria.

Así, para que la lucidez esté establecida, hace falta imposibilidad absoluta -digo absoluta- de una perspicacia cualquiera que encamine al sujeto a lo que tiene que decir.

A este precio sólo se pueden hacer observaciones concluyentes. Cuando se trate la metapsíquica objetiva, los dispositivos que hay que tomar contra la mala fe de los médiums serán otros, tan severos evidentemente, pero de una naturaleza diferente.

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Muchas gracias por leer mi blog. Supongo que le ha resultado interesante, puesto que ha llegado hasta aquí.