martes, 1 de marzo de 2011

Tratado de Metapsíquica de Charles Robert Richet (15)

§ II. -INFORMES DE CRIPTESTESIA CON LUCIDEZ Y TELEPATÍA

Armand-Marie-Jacques de Chastenet
Marqués de Puységur
La palabra lucidez es debida a los antiguos magnetizadores (Mesmer, Puységur, Du Potet), que encontraron, en sus sujetos sometidos, que podían ver objetos encerrados en cajas opacas, leer libros cerrados, hacer viajes a lugares desconocidos, y describirlos exactamente, adivinar el pensamiento del magnetizador y de los asistentes.

Más tarde, Fr. Myers creó la excelente palabra de telepatía, que tuvo una fortuna dichosa, y que significa que el pensamiento humano a distancia, sin la ayuda de ninguna vibración exterior aparente, puede actuar en otro pensamiento humano.

Pero supongamos que las vibraciones sinérgicas de dos cerebros humanos, es una hipótesis. Conviene examinar esta hipótesis con algún detalle; porque hay, entre las personas que se ocupan de la metapsíquica, varias ideas sobre la telepatía que considero erróneas y que quiero discutir.

De buena gana nos imaginamos que todo está dicho cuando se dice telepatía. Es el poder de la magia de las palabras quien introduce este error de que la telepatía es un fenómeno simple.

Para tomar de nuevo el ejemplo citado más arriba, cuando Andrée me dijo: «usted recibió una carta firmada por una mujer que tiene un nombre de flor... Marguerite1», decimos enseguida: no es sorprendente que Andrée le hubiera dicho «Marguerite»; ese nombre estaba en su pensamiento. Andrée leyó en su pensamiento, y dijo Marguerite, porque usted pensaba en Marguerite.

1. Nota del Búho Miope: Marguerite en fránces significa Margarita.


Y entonces dos hipótesis se presentan (dejando a un lado por el momento la hipótesis del azar y la de una observación defectuosa). Andrée dijo Marguerite, o bien porque el nombre de Marguerite estaba en mi pensamiento, o bien porque, gracias a una lucidez especial, leyó, en mi habitación, a dos kilómetros de allí, el nombre de Marguerite sobre la carta que me fue escrita.

Entonces la dificultad es la misma desde el punto de vista de la ciencia actual. También es imposible comprender cómo el nombre de Marguerite pudo ser conocido, bien sea porque lo leí esa manaña, y esa memoria inconsciente persistía en mi cerebro, bien porque estaba escrito textualmente en la parte inferior de una carta que me fue enviada.

Que haya leído o no esa carta, el problema es igualmente misterioso. Ni más ni menos. Aunque la estrella polar está más alejada de la Tierra que Sirio, a algunos trillones de miles de millones de kilómetros más allá de Sirio, la imposibilidad de llegar allí es la misma. Leer en mi pensamiento es tan difícil como leer una carta que está sobre mi escritorio, abierta o no, a dos kilómetros o a dos mil kilómetros de distancia.

Cerebro
Hasta me parece casi menos difícil de admitir la lectura de una firma a distancia que la lectura de una palabra en mi cerebro; porque finalmente, ya que estamos en el dominio de lo inexplicado, se comprende  un poco mejor que una vista aguda pueda atravesar los kilómetros, atravesar paredes y papeles gruesos, que penetrar en el sentido verbal que pueden significar por sus modalidades las vibraciones de las células cerebrales encerradas en mi cráneo. Hipótesis por hipótesis, prefiero suponer una visión retiniana, prodigiosa, de cosas escritas, que la lectura en mi cerebro, donde nada está escrito, y donde se agitan tantas imágenes, tantas memorias, tantas combinaciones posibles que se hacen y se deshacen con una complejidad inaudita, combinaciones que son unas modificaciones ultramicroscópicas del protoplasma celular y no tienen ninguna relación (en mi conciencia) con la sonoridad verbal «Marguerite» o con el signo fonético «Marguerite».

Creo que hemos explicado todo lo que quiere decir: telepatía. Pero no hemos explicado nada en absoluto. La vibración cerebral, consciente o no, sigue siendo un misterio profundo, mucho más misterioso que una firma. Una firma, es algo positivo, real, tangible. Esta firma sería visible, si la retina poseyese una agudeza suficiente. Al contrario, la lectura del pensamiento no puede ser explicada por ninguna agudeza de ninguno de nuestros sentidos, por muy intensa que la supongamos.

Hay muchas razones -y no muy buenas- por las cuales la hipótesis de la telepatía es para el público no científico, o incluso científico, acogida con tal favor, y considerada como tan simple, que parecen dispensarse de ir más lejos.

1.º La primera, es que concuerda admirablemente con la insuficiencia de la experimentación. Está claro que, si no conozco la palabra Marguerite inscrita en una carta abierta por mí, no podré de ninguna manera ayudar a Andrée a decir esta palabra. Pero, si yo no observo con gran atención, si Andrée vacila, busca, balbucea, le puedo proporcionar indicios que ella no va a descuidar. Rectificaré sus errores; seré su cómplice involuntario. Ésta no será la inercia absoluta, implacable, que me veo obligado a mantener si no sé que la palabra a encontrar es Marguerite. Habiendo hecho cantidad de experimentos, sé demasiado bien hasta que punto es difícil el no dar ningún signo de estímulo o de desaprobación, cuando se conoce la palabra que se trata que averígue el médium.

2.º La segunda razón, no menos mala, es que, en representaciones teatrales, a menudo es presentado al público un sujeto que posee supuestamente la capacidad de leer el pensamiento. La habilidad de estas exhibiciones es a veces extraordinaria. Una joven mujer A..., cuyos ojos son vendados, es sentada en una silla, frente al público. De pie junto a ella, B..., su magnetizador, pide que una de las personas asistentes se acerque a A... Y por cierto, este tercer personaje C... no es nada menos que un cómplice. Entonces C... muestra, sin decir nada, su tarjeta de visita a B... B... la mira, y casi de inmediato A... deletrea el texto de la tarjeta, a menudo con cierta vacilación, pero a veces muy rápido, sin faltas, sin demora, sin dudarlo, muy rápidamente, incluso cuando se trata de palabras difíciles.

El experimento es divertido. Sin embargo, no prueba nada sino la prestigiosa dirección de los intervinientes. De hecho, es cierto que hay un código de señales que permite a A... comprender, teniendo los ojos más o menos completamente cerrados, lo que B... le transmite, por todos los signos, las palabras, la actitud, movimientos del pie derecho, o del izquierdo, de la mano derecha, o de la izquierda, del torso, de la cabeza, todos signos muy ligeros que el público no sabe observar, y que, gracias a la memoria excelente de A... le hacen decir las cifras o las palabras que B... le transmitió por señales secretas, y por un alfabeto motor convencional. Esto no es más en la lectura de la mente de A... que la comprensión de un telegrama Morse por los empleados de telégrafo, cuando oyen los sonidos intermitentes emitidos por el aparato, en el momento en que un telegrama es transmitido, y comprenden el significado del telegrama.

Pero la mayoría de las veces estas representaciones son tan hábiles, tan rápidas, que el público, que sólo pide ser engañado, está satisfecho, y se va diciendo con una convicción ingenua e irrazonable: «Es la lectura del pensamiento». Sin embargo, en cuanto dicen lectura de pensamiento, telepatía, sugestión mental, se imaginan haber comprendido, y no se dan cuenta que éste es uno de los misterios más aterradores de nuestra existencia humana.

3.º Otra forma de pseudolectura de pensamiento se da también en otras representaciones teatrales. Un individuo A..., sensible, sin duda muy inteligente, se coge fuerte, de la mano de una persona cualquiera, para adivinar su pensamiento. Pone en escena a un individuo B... tomado al azar entre la multitud. El infortunado B... intimidado al verse dentro del espectáculo, vacilante, a la izquierda, toma la mano de A..., A... lo lleva a su lado, rápida o lentamente, y, según la forma de andar de B..., pronto adivina, gracias a una cierta perspicacia, hacia dónde le va a conducir B... Pasa así todo derecho hasta uno de los puntos de la sala. (Es el punto en el cual B... había pensado.) Se para delante de uno de los asistentes, y, sin soltar la mano de B... que continúa por sus movimientos que lo dirigen, busca en los bolsillos del asistente, le quita un pañuelo, toma este pañuelo y va a llevarlo a otro punto cualquiera del teatro: todo esto bajo gran estupefacción de la asistencia, y sobre todo de B... que deseó todos estos movimientos, y que imagina que A... lee sus pensamientos. En realidad A... simplemente interpretó hábilmente los movimientos inconscientes, involuntarios e ingenuos de este pobre B..., el cual no sabe que él mismo provoca con sus músculos, ligeros movimientos, dando indicaciones extremadamente precisas. Y el público deja la sala, cada vez más convencido de que existe la telepatía, de modo que la creencia en la telepatía, fenómeno evidente y simple, se impone en la multitud. Pero no hay allí más telepatía que en la contracción de los músculos de una rana excitados por una pila eléctrica2.

2. Hay toda una bibliografía sobre esta cuestión de los movimientos inconscientes. Ni siquiera puedo resumir aquí. Es el Willing game (Juego de la voluntad), llamado algunas veces Cumberlandismo, del nombre de Cumberland, quien fue uno de los primeros en practicarlo. Grasset hizo intervenir, para explicarlo, su teoría del polígono, la cual es simplemente un ingenioso esquema del inconsciente.


Es por esta razón, sin duda, que la telepatía es aceptada más fácilmente que la lucidez. De hecho ambos fenómenos, de ninguna manera contradictorios, probablemente son verdaderos, y debemos considerar la telepatía sólo como un caso particular y muy frecuente de lucidez.

Observemos por otra parte que casi siempre, sino siempre, cuando se le pide a un sujeto A... responder a una pregunta, se hace una petición de la que conocemos la respuesta. Cuando no sabemos la respuesta, todavía es casi seguro que hay otra inteligencia humana que la conoce, de modo que se podría impulsar el respeto de la telepatía hasta decir: «Si A... leyó la palabra Marguerite en una carta que no ha sido abierta por B... A... ciertamente no podría haber leído en el pensamiento de B... lo que no existía allí. Pero hay una persona, C..., es decir, la propia Marguerite, de donde A... puede haber leído el pensamiento. Es el pensamiento de Marguerite el que fue leído, y no la palabra Marguerite escrita en la carta no abierta.»

Vamos a veces hasta más lejos todavía. Puesto que hay hechos que no conoce ningún ser vivo, pero estos hechos eran conocidos por B..., que se murió, esto todavía es suficiente para la telepatía. El B... muerto, conoció el nombre de Marguerite, y entonces existe todavía la telepatía, es decir, el pensamiento de B... muerto, que se transmite a A...

Estas explicaciones enrevesadas prueban ampliamente que no conocemos absolutamente nada de las vías por las cuales el conocimiento cripteptésico llega a nuestra inteligencia.

Esto es sobre todo para los casos, muy frecuentemente observados, de moniciones en el momento de la muerte, que conviene discutir si existe la telepatía (transmisión de un pensamiento humano), o simplemente lucidez (es decir, conocimiento de un hecho exterior).

Y tomaré un ejemplo casi esquemático, a pesar de que es real. A... ve una noche en su sueño aparecer a su amigo B..., pálido como un cadáver. A... escribe el nombre de B... en su cuaderno, con las palabras: Dios no lo quiera. Sin embargo, en ese mismo momento, B..., al otro lado del hemisferio, perecía en un accidente de caza.

Y entonces dos hipótesis -las dos mismas hipótesis que ahora veremos- se presenta. O es la noción del fenómeno exterior que ha sido percibida por A... (es decir, que B... muere, de un accidente); o es el pensamiento de B... muriendo quién, atravesando el espacio, fue a impresionar al espíritu de A...

Definitivamente no me atrevo a tomar partido por una y otra de éstas hipótesis, porque me parecen igualmente misteriosas, suponiendo, en el ser humano, una facultad de conocimiento que no encaja en el orden de sus procesos de conocimiento habituales. Sin embargo, creo que es mejor quedarse en el rígido dominio de la ciencia, y decir, -que no explica nada, pero deja la puerta abierta a todas las explicaciones futuras- que en ciertos momentos nuestro espíritu puede conocer realidades que nuestros sentidos, nuestra perspicacia y nuestra razón no nos permiten conocer. Entre estas realidades, hay evidentemente un pensamiento humano, pero el pensamiento humano no es una condición necesaria. La realidad de esto es suficiente, sin haber pasado por una mente humana. Pues no vayamos más lejos, y contentemonos con decir, en presencia de estos hechos inhabituales, que nuestro mecanismo mental, aún más complicado de lo que parece, posee medios de saber cuáles escapan al análisis, e incluso a la conciencia. Hablando así, no hacemos hipótesis. No suponemos que el conocimiento criptestésico es debido a la vibración de un pensamiento humano: nos contentamos con enunciar un hecho. Entonces es más científico enunciar un hecho sin comentarios, que enredarse en teorías que, como la telepatía, son absolutamente indemostrables.

La palabra telepatía implica una hipótesis. La palabra criptestesia tiene la gran ventaja de que no introduce ninguna. Si A... ve a su amigo B... muriendo, en el verdadero momento en que B... muere, una hipótesis es decir: el pensamiento de B... fue llamar a A... Pero esto no es más que una hipótesis que dice: Hubo en A... una sensibilidad especial que le hizo conocer la muerte de B... La telepatía no es contradictoria de ninguna manera con la criptestesia: es una explicación, probablemente cierta en muchos casos, pero ciertamente insuficiente en muchos otros. Entonces, en un asunto tan oscuro, hay que evitar, en lo posible, las hipótesis inútiles.

A... tiene una sensibilidad especial que le hace conocer la muerte de B... Esto, no es una hipótesis. El pensamiento de B... se transmite al pensamiento de A... Esto, es una hipótesis, y no está claro que sea verdadera.

Ya que casi nunca, o jamás, no existen hechos desconocidos a toda persona humana. Entonces, se podría siempre decir: es la telepatía. Poco importa, al menos teóricamente, que B..., para transmitir su pensamiento a A..., lo haga desde dos metros o desde dos mil kilómetros. Por lo tanto, ya que es difícil asumir que un hecho cualquiera sea ignorado por todos los habitantes del planeta, podríamos asumir para todos los fenómenos de lucidez, casi sin excepción, una transmisión telepática. Pero esto es terriblemente poco probable en algunos casos. Cuando Mad. Green, en Londres, ve a su sobrina (a la que no conoce) ahogarse en Australia, ¿es realmente admisible suponer que es el pensamiento de la sobrina el que fue a encontrarse con Mad. Green? ¿No es más fácil aceptar -sin ninguna hipótesis- que Mad. Green tuvo una lucidez, una criptestesia, una sensibilidad especial?

Ahora bien, en el curso de este libro, a menudo hablamos de la telepatía, pero hay que entender que para nosotros la telepatía es un caso especial de lucidez, y que la una no se separa de la otra. Ella es igualmente un misterio3.

3. Acabo de recibir ahora mismo el n.º de abril de P.S.P.R., donde se encuentra un admirable artículo de Mad. H. Sidgwick (242-398): An examination of Book-Tests. (Un examen de Libro de Pruebas). Ella llega a una conclusión similar. Siento no poder analizar este importante informe.

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Muchas gracias por leer mi blog. Supongo que le ha resultado interesante, puesto que ha llegado hasta aquí.