miércoles, 9 de febrero de 2011

Tratado de Metapsíquica de Charles Robert Richet (14)

CAPÍTULO II

LA CRIPTESTESIA (O LUCIDEZ) EN GENERAL

§ I. -DEFINICIÓN Y CLASIFICACIÓN

Casi toda la metapsíquica subjetiva puede reducirse a un solo fenómeno, el que los magnetizadores, hace un siglo, llamaron lucidez o clarividencia (Hellsehen1); lo que ahora se llama (con algunos matices de significado) telepatía, y que propongo llamar criptestesia. Myers la llamó telestesia.

1. Nota del Búho Miope: Hellsehen en alemán significa clarividencia.

Criptestesia, según su etimología griega, indica que hay una sensibilidad escondida, una percepción de las cosas, desconocida en cuanto a su mecanismo, y sobre el que podemos saber sólo los efectos.

Así que vamos a tratar de probar que en nuestra inteligencia hay una facultad especial y misteriosa todavía, que le permite saber ciertos hechos, pasados, presentes o futuros, que los sentidos no pueden revelarnos. Para que Stella pueda darme el nombre de una antigua criada, Mélanie, un nombre que jamás pudo llegar a sus ojos o sus oídos, hace falta, si no por casualidad, que una vibración cualquiera hubiera tocado su inteligencia y le hubiera revelado el nombre de Mélanie. Por consiguiente, hay en la inteligencia de Stella una sensibilidad misteriosa, críptica (criptestesia), que le hace saber aquello de lo que sus sentidos normales jamás habrían podido aprender. ¿Por qué indicios? ¿Por qué vías? Lo ignoramos. Intentaremos -sin tener éxito, por otra parte- saberlo. En todo caso, el hecho está ahí, indiscutible. Hay una criptestesia.

A demostrar la existencia de esta sensibilidad, nueva facultad del ser humano, se dedicará una gran parte de este libro.

Pero antes de abordar los capítulos, muy diversos, que constituyen la historia de la criptestesia, hay que examinar primero dos puntos esenciales:

  1. Los informes de criptestesia con lucidez y telepatía;
  2. Los fenómenos psíquicos que toman la apariencia de fenómenos metapsíquicos, y que, en un examen superficial e imperfecto, podrían pasar por depender de la criptestesia.

Tratado de Metapsíquica de Charles Robert Richet (13)

§ III. -ERRORES DE OBSERVACIÓN

El cálculo de probabilidades es de una aplicación muy fácil, y no hay alumno que no sea capaz de resolver los pequeños problemas de aritmética elemental que supone, por lo menos en metapsíquica. Pero, como los cálculos mismos son simples, todas las precauciones que hay que tomar para una observación irreprochable son numerosas, delicadas, exigiendo una atención constante, siempre teniendo que estar alerta.

Voy a intentar dar algunos preceptos con este fin: para que no se pueda exagerar la importancia de toda experimentación rigurosa. Evitar las ilusiones, probablemente es el capítulo fundamental de la metapsíquica subjetiva.

1.º Errores de memoria. -En primer lugar, desconfíe de su memoria, tanto como de la memoria de los demás. En realidad, para la metapsíquica subjetiva por lo menos, no hay muchos mentirosos, engañadores, tramposos; pero el número de los que cuentan mal una historia y la arreglan involuntariamente, modificando y alterando las frases, las respuestas, los detalles, las fechas, las horas, las palabras pronunciadas, este número es enorme aquí. Todos somos cuestionables. En estos asuntos no me fío de nadie, ni siquiera de mí. Cuando uno se deja seducir por la hipótesis de la lucidez, a pesar de si exponemos con complacencia tal o cual hecho, pasamos ligeramente sobre los detalles contradictorios, omitiendo los detalles embarazosos, insistiendo desmesuradamente en los detalles favorables. Una palabrita ignorada; una palabrita añadida; y esto provoca cambios profundos en la conclusión que se va a poder extraer.

A fuerza de contar a su alrededor una historia, la transformamos, la amplificamos, la desnaturalizamos (con toda la buena fe por otra parte), y obtenemos unos resultados extravagantes, pero falaces.

Hay que tener absoluta confianza únicamente en la historia escrita inmediatamente después del acontecimiento. Ésta es la historia que cuenta. En varias ocasiones, cuando nos cuentan una historia, si uno llega a ver algún día la historia escrita antiguamente, a menudo podremos comprobar que ésta operó en la memoria transformaciones sucesivas, que, añadiéndose unas a otras, acabaron por hacer la historia contada bastante diferente de la historia escrita. Digámonos constantemente que la memoria es muy infiel. No hay un sólo observador que pueda prescindir de escribir, inmediatamente después de un experimento, los detalles de todo este experimento.

Julian Ochorowicz
Y jamás damos suficientes detalles. Las más mínimas circunstancias son importantes para precisar. No hace falta sobriedad en las notas que se toman. Es todo lo contrario a una obra que se dedica a la publicidad. Hay que ser prolijo, largo, y fatigoso. La profusión de detalles jamás deben faltar en las historias que se escriben a partir de sus notas personales. En realidad, pecamos siempre por exceso de concisión. Todo tiene que anotarse. E incluso es útil cuando varias personas asistieron a un experimento, que cada una de ellas escriba la historia de lo sucedido. En los experimentos que hice sobre Eusapia con Ochorowicz, me había declarado a favor, con el fin de que todos los detalles se consagraran sin alteración, de dictar, durante el mismo experimento, a un secretario colocado en un rincón de la sala, todas las circunstancias que acompañaban cada fenómeno, y es lamentable que no se pueda actuar siempre así.

Por lo tanto las historias sobre hechos pasados, que se refieren a experimentos antiguos, que no fueron consignados por escrito, jamás pueden tener un valor que no fuere mediocre.

Lo que es valioso, es la conclusión que presenta el experimentador en el mismo momento del experimento, sobre todo si este experimentador sabe observar bien. La opinión que se apoderó de él durante la misma experiencia, cuando todas las circunstancias se presentaban intensamente a su espíritu, prevalecerá mucho más que una historia contada diez o veinte años después.

En efecto, casi siempre, cuando hacemos un experimento, y cuando se continúa, llevamos a cabo, mientras que se prosigue, una síntesis rápida de todas las condiciones ambientales, para formarnos una convicción personal, más bien intuitiva que razonada, pero, sin embargo, muy importante. Muchos detalles pueden escaparse de nuestra memoria, pero queda el recuerdo de nuestra convicción.

Por mi parte, puedo añadir gran peso a esta convicción del momento (convicción, apreciación que será bueno poner por escrito en nuestras notas inmediatamente después del experimento), porque nos veremos más tarde, y generalmente, sin razón, a consecuencia de las deficiencias de la memoria, movidos a modificar nuestra primera impresión bien en el sentido del escepticismo, bien en el de la credulidad, lo que también será lamentable.

Concluyamos que una gran parte de los errores de observación es debida a la insuficiencia de los documentos inmediatamente escritos, y a la imperfección de los recuerdos.

2.º En el curso del mismo experimento, es necesario que la atención se centre en todas las circunstancias, incluso en las que parecen las más indiferentes. Si se trata de metapsíquica subjetiva, cada una de nuestras palabras debería ser reflexionada, cada una de nuestras acciones debe ser medida. La más mínima de nuestras expresiones faciales, un suspiro o una sonrisa, una interjección banal, un ligero movimiento de la mano, un signo, por muy imperceptible que sea, de satisfacción o de impaciencia, o de descontento, o de sorpresa, todo es capaz de encaminar al médium, y no hay que concederle ni el indicio más débil.

Todo esto es muy difícil. Para llegar a la impasibilidad absoluta, es necesario un largo estudio. Hasta me imagino que, si los experimentos de telepatía parecen tener éxito mucho más a menudo que los experimentos de lucidez simple, es sobre todo porque, para la telepatía, como se conoce la respuesta que hay que obtener, se ayuda involuntariamente a esta respuesta, mientras que, si se trata de lucidez simple, ninguna ayuda al médium puede ser aportada. No corregimos sus errores, sus balbuceos. ¡Por desgracia! en general, tan pronto como sabemos la palabra que debe ser dada, tan pronto como esperamos, llenos de esperanzas, una respuesta, somos bastante poco dueños de nosotros, y bastante torpes para dejar ver, cuándo la respuesta comenzó, cuándo comienza bien o cuándo comienza mal.

Con los experimentos de mesa sobre todo, las precauciones deben ser extremas. Por cierto, los movimientos de la mesa suelen ser debidos en general sólo al médium, pero los asistentes, si también tienen las manos sobre la mesa, pueden, ejercer mecánicamente alguna acción sobre sus elevaciones o sobre sus convulsiones. La más ligera presión basta para descubrir los pensamientos de los que apoyan sus manos en la mesa. Entonces, hay que repetirse siempre que los médiums, con o sin conciencia, mantienen constantemente su atención muy despierta; que acechan todo lo que pudiera ser un indicio revelador de la palabra, de la frase, o de la idea que buscan. Nada se les escapa; las presiones más débiles ejercidas sobre la mesa se convierten en signos que saben interpretar con habilidad. Esta perspicacia de los médiums no es de ninguna manera un fraude; por sus interpretaciones, deducciones, observaciones, conclusiones, evolucionan en el dominio del inconsciente. Ellos no distorsionan menos los resultados, que si hubiese repetidas tentativas de fraude.

Así que no es admisible, cuando se quiere hacer un experimento serio de lucidez, dejar tocar el objeto móvil que debe dar las respuestas, a un individuo que conoce la respuesta que se trata de dar. Me he sorprendido a menudo por la increíble credulidad de ciertas personas que se asombraban ingenuamente por las respuestas extravagantes que le daba la mesa. ¡Sí! sin duda estas respuestas eran exactas, pero de ninguna manera asombrosas, ya que era el interrogador mismo quien las daba. Muchos experimentos de metapsíquica subjetiva están en este caso, porque a nadie le preocupa jamás bastante el sustraer de la vigilancia del médium la cara, los gestos, las palabras de la persona que sabe la respuesta que debe proporcionarse.

Hace falta, en suma, un tacto exquisito para no dejarse seducir por las apariencias. Un buen experimento de metapsíquica subjetiva es de extrema dificultad. Sólo podremos obtenerlo desconfiando de todo y de todos, y sobre todo de si mismo. Nuestro deseo extremo de ver el experimento tener éxito no debe llevarnos a cometer errores a nosotros mismos.

3.º Mucho fraude es común en la metapsíquica objetiva, pero es raro en la metapsíquica subjetiva; porque supongo que, desde luego, jamás se consentirá en experimentar con individuos manifiestamente falsos. La buena fe de los asistentes y del médium es completa la mayoría de las veces.

Pero ésta hipótesis de la buena fe de los operadores no debe en nada disminuir la severidad de las precauciones que hay que tomar. Constantemente debemos actuar como si los médiums determinaran defraudarnos. Y en efecto, si la buena fe consciente es la regla, la mala fe inconsciente es la regla también. Todo médium hace, por un trabajo inconsciente que no le cansa, esfuerzos desesperados para encontrar una respuesta favorable, y emplea todos los medios posibles para encontrarla.

Pido el nombre del hermano de Marguerite, por ejemplo. Puede ser, que antes, en un momento dado, la médium me oyese decir que Marguerite tenía un hermano que fue uno de mis amigos. Entonces su cerebro funcionará para encontrar entre mis amigos, y conoce posiblemente sus nombres (?), Henri, Louis, Charles, Gustave, Paul, Gaston, Lucien, Robert, si se encuentra el que es el hermano de Marguerite. Por ciertos detalles que su inconsciencia retuvo, sabe que Louis, Henri y Charles no tenían hermana. Quedan pues cinco nombres solamente, y entonces, si, durante el interrogatorio de la mesa, se deja, sin decir una palabra o un gesto, pasar las letras del alfabeto hasta la R, quedará sólo un nombre, Robert: por lo que dirá Robert. Si no soy exigente, encontraré la respuesta muy satisfactoria.

Así, para que la lucidez esté establecida, hace falta imposibilidad absoluta -digo absoluta- de una perspicacia cualquiera que encamine al sujeto a lo que tiene que decir.

A este precio sólo se pueden hacer observaciones concluyentes. Cuando se trate la metapsíquica objetiva, los dispositivos que hay que tomar contra la mala fe de los médiums serán otros, tan severos evidentemente, pero de una naturaleza diferente.

viernes, 4 de febrero de 2011

Tratado de Metapsíquica de Charles Robert Richet (12)

§ II. -EL AZAR Y EL CÁLCULO DE LAS PROBABILIDADES EN LOS HECHOS METAPSÍQUICOS

En las experiencias donde se estudia la lucidez, pueden presentarse dos casos. A veces es una combinación, de probabilidad P, que aparece espontáneamente, y otras es la misma combinación, de la misma probabilidad P, que aparece por petición. El valor testimonial no es en absoluto el mismo en ambos casos. Por no haber establecido esta distinción, cometemos graves errores.

Le pregunté a Andrée: «¿Cuál es el nombre de la persona que me escribió esta mañana la carta que llevo en mi cartera?» Ella me responde: «Es un nombre de flor: Marguerite (Margarita)». Ahora bien, el nombre no es Marguerite, sino Hélène. De repente, recuerdo que he recibido esta mañana una carta que tenía por toda firma, en caracteres muy grandes, Marguerite, carta que había dejado en mi casa, y en la que no pensaba en absoluto al interrogar a Andrée. ¿Cómo calcular la probabilidad?

Azar
Si, teniendo en mi cartera la carta de Marguerite, hubiese preguntado: «¿Cuál es el nombre de la persona que me escribió la carta que llevo en mi cartera?» y me hubiese respondido: Marguerite, la experiencia habría sido irreprochable, y el cálculo de probabilidades podría realizarse plenamente. Me hubiera bastado entonces con saber que hay cerca de cincuenta nombres muy usuales. La probabilidad de una respuesta correcta habría sido 1/50º. Esa es más o menos la probabilidad de adivinar de antemano en una baraja de cartas cuál será la carta que se va a sacar.

Pero, si no quería obtener ese nombre de Marguerite, todo cambia.

En primer lugar, había dos nombres posibles: Hélène y Marguerite. La probabilidad es de por lo menos 2/50º.

Ahora tenemos que ir mucho más allá; porque, si hubiese sido dado otro nombre, Louise, o Madeleine, o Alice, ¿yo no podría haber pretendido que ayer recibí una carta de Louise, antes de ayer una de Madeleine y hace tres días una de Alice? Así que apenas tengo el derecho a decir que se obtuvo un éxito con una probabilidad de 2/50º. Una respuesta, cuando no es una respuesta directa a la pregunta, tiene un valor probatorio siempre débil.


Molécula de agua
Es como si, en un examen, le pregunto a un alumno: ¿cuál es el gas que se combina con el hidrógeno para obtener el agua? y me responde: el cloro se combina con el sodio para obtener cloruro de sodio.

Aunque es perfectamente cierto que el cloro se combina con el sodio, la respuesta no me habría satisfecho.

El cálculo de probabilidades se ejercita sólo si se impone en condiciones de extremo rigor, porque el menor defecto en la experimentación va a modificar muchísimo la cifra obtenida. Por otra parte, si la experimentación es irreprochable, absolutamente irreprochable (lo que es bastante raro por otra parte), el cálculo de probabilidades podrá ser aplicado rigurosamente.

Supongamos pues que la experiencia es irreprochable, y veamos que cifra nos permitirá decir que no se trata más que del azar.

En la práctica, los científicos no admiten el azar en sus dosificaciones. Supongamos que un químico quiere saber el peso atómico de la plata, y que encuentra que es 108,42. Jamás se le pasará por la cabeza el pensar que fue el azar quien le dio este número. Sin embargo, volverá a hacer la experiencia, y, si en el siguiente experimento encuentra 108,34, tampoco creerá que fue por azar; pero, tomando la medida de estos dos números, adoptará 108,38 como el peso atómico de la plata.

No está claro en un primer momento porqué se niega a la metapsíquica el derecho a entrar en los experimentos, ya que no se niega a la astronomía, a la química, a la fisiología. Y sin embargo, después de reflexionar, comprendemos por qué, en metapsíquica, surge esta posibilidad del azar; porque la experiencia no va a, como en la química o en la fisiología, repetirse con resultados análogos que permitirían tomar la media.

Si, después de haber encontrado el primer día 108,42 para el peso atómico de la plata, el químico encontrase al día siguiente 22,87, estaría forzado a concluir que su primer resultado fue debido al azar. De hecho encontrará al día siguiente, un número muy próximo al número encontrado el primer día, y dos días después también, de modo que los tres resultados 108,42; 108,34; 108,35 no pueden ser atribuidos al azar. Por el contrario, se corroborarán unos a otros.

Después de que Andrée me dijera Marguerite, le pedí al día siguiente otro nombre. Respuesta incorrecta. Dos días después le pedí otro nombre. Respuesta errónea de nuevo. Así que estoy obligado a tener en cuenta estas malas respuestas, y si es el caso, puedo suponer que el resultado feliz de Marguerite fue debido al azar, mientras que para la determinación del peso atómico de la plata, todos los resultados que son muy próximos, no pueden ser debidos al azar.

Vicio terrible el de los experimentos metapsíquicos. Casi nunca pueden repetirse con certeza. Jamás estamos seguros de que mañana obtendremos los mismos buenos resultados que tuvimos hoy. Con esta médium obtuvimos toda una serie de bellos éxitos de lucidez; pero, algunos días después, con la misma médium, delante de una severa comisión, si se quiere repetir uno de estos experimentos, falla miserablemente.

Don Quijote
Esto no quiere decir que hay que desesperar, y todavía menos renunciar al cálculo de las probabilidades. Ni mucho menos. Jamás temamos repetir de nuevo los experimentos. No imitemos a Don Quijote, que, después de haber construido un casco, quiso saber si el objeto era robusto: le asestó un buen golpe de espada que lo quebrantó. Entonces fabricó otro casco; pero, para no correr el peligro de quebrantarlo de nuevo, no quiso probarlo otra vez y se contentó con el que acababa de construir sin probar si era muy sólido.

Después de realizar un experimento y haber obtenido un éxito, no temamos invalidarlo o confirmarlo por una repetición. Al contrario busquemos si es sólido, este experimento, y si va a resistir a una nueva prueba.

Cuanto más se multiplican las comprobaciones, más valor adquieren. Tomando el ejemplo de los nombres, vimos que para Marguerite la probabilidad era de 1/50º, pero en la realidad en este caso era de 2/50º. Del mismo modo supongamos, por la razones dadas anteriormente, que la probabilidad sea de 5/50º (o de 1/10º). Aquí estamos con una probabilidad que no es muy pequeña, y que impedirá, después de un sólo experimento, cualquier conclusión firme. Pero si durante diez días repito este experimento y me da siempre una probabilidad de éxito de 1/10º, será una probabilidad de (1/10)10, es decir, la certeza absoluta (moral).

Jamás obtendré una serie prolongada, sin interrupción, de sucesos. Pero esto no prohíbe de ninguna manera la aplicación del cálculo de probabilidades. En efecto, podemos introducir por el cálculo, entre los experimentos que no fracasaron, los experimentos que fracasaron (probabilidad compuesta).

La fórmula clásica es:


Esta fórmula muestra una serie de experimentos en número de S en los que hubo alternativamente sucesos en número de α con una probabilidad p y de hechos en número de β con una probabilidad q. Naturalmente, α + β = S.

El signo ! indica la multiplicación sucesiva 1 x 2 x 3, etc., hasta la cifra S, como en los arreglos.

Ésta es la probabilidad total, compuesta.

Supongamos que tenemos una urna que contiene seis bolas, cinco negras y una blanca. Hago doce tiradas devolviendo a la urna, después de cada tirada, la bola que ha salido.

p para la bola blanca, es de 1/6,
q para una bola negra, es de 5/6.

Supongamos que el experimento me da para doce tiradas, 5 veces una bola blanca y 7 veces una bola negra (α = 5 y β = 7). La probabilidad de sacar 5 bolas blancas sobre 12 tiradas será de:


lo que conduce más o menos a la fracción de 1/40º.

El cálculo de probabilidades es muy interesante de usar y su fertilidad es grande, pero hay que usarlo con una extrema precaución. Porque el más pequeño error experimental destruye todos los cálculos.


Por otra parte, sin ninguna aritmética, enseguida el sentido común simple permite concluir. Si la palabra Kerveguen me es dada deletreando las letras del alfabeto, mientras que se trate realmente de la palabra Kerveguen, no es necesario calcular la probabilidad (porque es sorprendentemente baja), (1/25)9, para afirmar que el azar no puede estar para nada en la buena respuesta. Así que existe la certeza moral de que existe criptestesia.

No objetaremos que no hay certeza matemática, ya que, hasta con (1/25)100, la certeza matemática no sería obtenida. De hecho, con (1/25)9 o con (1/25)100 la certeza moral es la misma. Sería casi la misma hasta con (1/25)3; porque jamás se tiene, cuando se hace un sólo experimento, un éxito cuando la probabilidad de este éxito es tan débil como 1/15.000.

Es mucho más importante haber hecho uso de un rigor impecable en la experimentación.

Para mostrar hasta qué punto el cálculo de probabilidades es falaz, si el experimento no es perfecto, citaré el caso de las señoritas Creery que, en una larga serie de experimentos de transmisión mental, presentando resultados maravillosos, la probabilidad fue sólo de: 1/100.000.000.000.000.

Que haya unos cuantos ceros más o menos no es muy importante. Lo que importaba era que el experimento fuera impecable. Entonces las señoritas Creery acabaron reconociendo que algunas veces había engaño en sus respuestas, por lo que sus magníficas series no demostraban absolutamente nada.

Carta
Sin que exista engaño evidente, claro, puede haber algún error experimental, tan pequeño como queramos, pero suficiente, sin embargo, para invalidar todos los cálculos. El error es tanto más peligroso puesto que a veces es debido a influencias minúsculas. En un juego de cartas, por ejemplo, la atención inconsciente del sujeto, que siempre está alerta, bien puede encontrar algunos puntos de referencia, inadvertidos para la mayoría de la gente, lo que le permitirá enseguida reconocer tal o cual carta. Y luego quién sabe, cuando vemos una carta y cuando la damos a adivinar, si, por algunas expresiones de nuestro rostro, a pesar de nosotros mismos, no damos a un médium perspicaz vagas indicaciones de las que consciente o inconscientemente va a sacar provecho.

En el juego de la ruleta todos los compartimientos son exactamente iguales. Sin embargo, si hubiese uno que fuese un poco más ancho, una décima de milímetro, esta diferencia imperceptible bastaría para que el cálculo ya no se pudiese aplicar. Sobre 360 tiradas, por ejemplo, el n.º 23 (un poco más ancho), saldría 20 veces, mientras que debería haber salido sólo 16 veces.

Ruleta
Tenemos el derecho de aplicar el cálculo de las probabilidades cuando el experimento sea absolutamente impecable.

Hay otra razón por la que hay que desconfiar del cálculo de probabilidades, y es que ciertos hechos no se prestan a eso, y el cálculo se vuelve imposible. Mad. Green percibe a dos niñas que se ahogan, y cuyos sombreros flotan en la superficie del agua. En ese mismo momento en Australia dos niñas, una de las cuales es una sobrina australiana de Mad. Green que nunca había visto, se ahogaban, y sus sombreros fueron vistos algunas horas después flotando sobre la superficie del agua. ¿Por qué artificio de cálculo lograremos transformar en cifras esta enorme improbabilidad?

Cuando Stella, a la que se le ha pedido el nombre del hijo de G... me dijo: Jean, la probabilidad es relativamente fácil de calcular. ¿Y sin embargo?... ¿Voy a tomar todos los nombres masculinos posibles? (Hay cerca de 200), ¿o los nombres bastante difundidos? (Hay unos 100), ¿o los nombres muy difundidos? (Hay unos 30). Entonces el cálculo me dará, dependiendo de mi fantasía, y muy arbitrariamente, 1/200 o 1/100 o 1/30. Además, supongo que no hubo el más mínimo gesto de G..., que le indicase a Stella, cuando deletreé la letra J, que era preciso detenerse en la J.

En definitiva, vamos a servirnos del cálculo de probabilidades; es una herramienta valiosa. Pero manejémoslo con reserva; porque expone a temerarias afirmaciones.

Por otra parte el cálculo de probabilidades -y esto no deja de ser bastante extraño- es impotente para provocar una convicción definitiva. Por una especie de instinto, medio legitimo, nos negamos a admitir las consecuencias que no parecen evidentes a primera vista.